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Devocional para Hoy! – 7 de Septiembre

«Porque para Dios somos grato olor de Cristo…” (2 Corintios 2:15)

Estaba cansado y me senté a la sombra de los grandes pinos de un bosque sueco, contento de encontrar un refugio tan fresco del sol abrasador. No pasó mucho tiempo hasta que percibí un olor fragante, y me pregunté qué podría ser y de dónde venía… Miré a mi alrededor y encontré una pequeña flor cerca de la mitad del tamaño de una margarita común, casi oculta a la vista por el musgo. Era la pequeña «Linnea blomma». ¡Oh, qué fragante olía! Una y otra vez la acerqué a mi rostro, disfrutando del perfume; y luego miré hacia arriba y le di gracias a Dios por esa pequeña flor, tan insignificante, que crece en bosque salvaje, casi inexplorado, aun trayendo alegría y alivio para mí.

Hay una tendencia en nuestros corazones de desear hacer algo grande. No nos contentamos, como la pequeña flor Linnea, enviando fragancia en la oscuridad. Está escrito: «¿Y tú buscas para ti grandezas? No las busques» (Jeremías 45:5). Amado compañero creyente, déjame decirte que es posible que seas fragante en este mundo… ¿Podrías concebir algo más grande que eso? Puede que ningún ojo te vea, salvo el de Él, ni que oído te oiga sino el de Él, ni corazón aprecie tus actos o pensamientos sino el de Él; sin embargo, ¡cuán precioso que pueda ser fragante al Señor Jesús! Entreguemos el negocio de ocuparnos de uno mismo; terminemos con el “yo” auto-importante, o el “yo” sin valor. Mientras estamos ocupados con el yo, no estamos ocupados con Cristo. La verdadera grandeza es la medida en que la excelencia de Cristo mana de nosotros. ¿Qué fragancia salía de él? Los que estaban lejos de Dios podían oler el perfume santo y decir: “¡Jamás hombre alguno habló como este hombre!” El desalmado Pilato tenía que decir: «Ningún delito hallo en este hombre». Ninguno puede venir a Su presencia sin sentir los fragantes aromas de amor, compasión y ternura. La maldad del corazón humano, con la que Él se encontró en cada rincón, sólo reveló más y más su preciosidad.

No estemos, pues, abatidos por lo que somos y lo que no somos. Dejemos que nuestra atención esté más dirigida a Él que nunca, para que mientras Él llena nuestra visión, todo lo demás puede desaparecer. Mientras Su dulzura llena el alma, así fluya Su fragancia de nosotros como resultado de la comunión con Él. Que el Señor nos arraigue en él, para que al igual que la pequeña flor Linnea envía su fragancia en el bosque inexplorado, podamos ser tan peculiar y fragante incienso para Dios. Que seamos una fuente de regocijo para su corazón y para el mundo que nos rodea: una epístola viviente del Único y Perfecto y Fragante, ¡Jesús! -J.H. Lewis- Desconocido