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Lección 9.- ¿No Es Este El Ayuno?

Lección 9.- ¿No Es Este El Ayuno?

Cualquier creyente con alguna percepción espiritual, tiene que reconocer que la Iglesia del Siglo XX tiene muy poca semejanza con la Iglesia del Siglo I. Aquello que nació en Pentecostés ha perdido mucho de lo que le dio el impulso para llevar el Evangelio a toda su generación. Es esto lo que estamos tratando de redescubrir y volver a poseer en esta Escuela de Cristo. Hemos estado hablando acerca de las cosas que impiden el fluir del Espíritu Santo.

Lo que debemos recobrar, es lo que es ser como Cristo. Veremos el ayuno como una de las herramientas de Dios para tratar con aquello que nosotros llamamos el “yo”, o la carne. Pero también vamos a ver los resultados de controlar esta carne realmente a través del ayuno. Tú luchas por ver a Dios obrar, luchas por fe, luchas por el poder, pero estas cosas son un resultado directo del avivamiento. Y debemos entender que Dios tiene un deseo mucho más grande por el avivamiento en la tierra que nosotros, Su pueblo.

En el Libro de Isaías 58: 6-14 dice: “¿No es mas bien el ayuno que yo escogí, desatar las ligaduras de impiedad, soltar las cargas de opresión, y dejar ir libres a los quebrantados, y que rompáis todo yugo? ¿No es que partas tu pan con el hambriento, y a los pobres errantes albergues en casa; que cuando veas al desnudo, lo cubras, y no te escondas de tu hermano?. Entonces nacerá tu luz como el alba, y tu salvación se dejará ver pronto; e irá tu justicia delante de ti, y la gloria de Jehová será tu retaguardia. Entonces invocarás, y te oirá Jehová; clamarás, y dirá el: Heme aquí. Si quitares de en medio de ti el yugo, el dedo amenazador, y el hablar vanidad; y si dieres tu pan al hambriento, y saciares al alma afligida, en la tinieblas nacerá tu luz, y tu oscuridad será como el mediodía. Jehová te pastoreará siempre, y en las sequías saciará tu alma, y dará vigor a tus huesos; y serás como huerto de riego, y como manantial de aguas, cuyas aguas nunca faltan. Y los tuyos edificaran las ruinas antiguas; los cimientos de generación y generación levantarás, y serás llamado reparador de portillos, restaurador de calzadas para habitar. Si retrajeres del día de reposo tu pie, de hacer tu voluntad en mi día santo, y lo llamares delicia, santo, glorioso de Jehová; y lo venerares, no andando en tus propios caminos, ni buscando tu voluntad, ni hablando tus propias palabras, Entonces te deleitarás en Jehová; y yo te haré subir sobre las alturas de la tierra, y te daré a comer la heredad de Jacob tu padre; porque la boca de Jehová lo ha hablado”.

El mensaje de Pentecostés es Dios el Padre, a través de Dios el Espíritu Santo, mostrando a Dios el Hijo, a través de un instrumento humano, llamado la Iglesia. Esto debiera gobernar todo lo que nosotros pensamos, cuando nosotros reconocemos realmente lo que somos llamados a ser y a hacer. Todo esto está resumido en esta frase que les acabo de dar.

Hemos visto cómo fue que en la caída, el espíritu del hombre fue tan violado que se hundió en sujeción a su alma. El hombre, entonces, se convirtió en una criatura diferente por completo. Dios alejó esta creación fuera de Su presencia, luego puso querubines y una espada encendida a la entrada que decía: “Tu género nunca mas podrá volver a mi presencia”. A través de la vida, muerte, y resurrección de Jesucristo, Dios proveyó una nueva raza. Jesús fue el primogénito de esta raza; a través de Su muerte un camino nuevo y vivo ha sido abierto para Dios: el hombre puede nacer de nuevo.

“Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en El” (2 Corintios 5: 21). A través del “nuevo nacimiento” Dios hace posible, por medio de la obediencia de Cristo, que el hombre una vez más esté en el camino real de ser conformado a la imagen de Cristo. Esta transformación se cumple al reemplazar una vida por otra. La Biblia llama a este cambio: “Santificación”.

Cuando el hombre es nacido de nuevo es una nueva creación, pero aún se encuentra ahí lo viejo que tine que ser tratado. En este cuerpo hay de ambos, de lo “viejo” y de lo “nuevo”. Cuando aparece el “nuevo hombre” la guerra comienza, “Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y estos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis” (Gálatas 5: 17). Ahora, la guerra es muy real, y los riesgos son muy altos. “Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz” (Romanos 8: 6). “Porque si vivís conforme a la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis” (Romanos 8: 13).

Viendo el alto precio de vivir para la carne, el Apóstol Pablo nos dice: “Despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, y renovados en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad” (Efesios 4: 22-24). El ser conformados a Cristo requiere la muerte de lo viejo, y crecimiento de lo nuevo. Si es que va a haber un aumento de Cristo, algo en tí y en mí tiene que convertirse en la ofrenda quemada. Para llevar a la muerte la “vieja naturaleza,” Dios nos ha dado el ayuno.

“¿No es mas bien el ayuno que yo escogí, desatar las ligaduras de impiedad, soltar las cargas de opresión, y dejar ir libres a los quebrantados, y que rompáis todo yugo?” (Isaías 58: 6). Desatar las ligaduras de impiedad y romper todo yugo mediante el ayuno, es romper el dominio que esta naturaleza carnal tiene sobre lo espiritual. Esto está claramente ilustrado en Romanos 7. Hay quienes enseñan que el Apóstol Pablo no era convertido en el tiempo de esta lucha, sin embargo la lucha en sí misma es testimonio que era salvo. Aquí vemos, detallado en forma vivida, el cumplimiento de Gálatas 5: 17, “Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y estos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis”. Aquí mismo, fíjate, podemos comprender el problema con la Iglesia y por qué no estamos haciendo lo que hemos sido llamados a hacer, que es predicar este Evangelio en poder y demostración.

En Romanos 7: 15-19 dice, “Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago. Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la ley es buena. De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí. Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago”. Esta clase de guerra nunca está presente en el que no ha sido regenerado. Es cuando la nueva creación aparece que la guerra comienza. Esto se ve claramente en los dos hijos de Abraham. “Porque está escrito que Abraham tuvo dos hijos; uno de la esclava, el otro de la libre. Pero el de la esclava nació según la carne; mas el de la libre, por la promesa. Lo cual es una alegoría, pues estas mujeres son los dos pactos; el uno proviene del monte Sinaí, el cual da hijos para esclavitud; éste es Agar. Así que, hermanos, nosotros, como Isaac, somos hijos de la promesa. Pero como entonces el que había nacido según la carne perseguía al que había nacido según el Espíritu, así también ahora. Mas ¿qué dice la Escritura? Echa fuera a la esclava y a su hijo, porque no heredará el hijo de la esclava con el hijo de la libre. De manera, hermanos, que no somos hijos de la esclava, sino de la libre (del Espíritu)” (Gálatas 4: 22-24 y 28-31). La guerra en la tienda de Abraham no comenzó sino hasta cuando Isaac nació. Ismael, el hijo de la carne, no creaba problemas hasta que el hijo del Espíritu fue traído a la tienda. No es posible para la carne y el Espíritu ocupar el mismo templo en paz; el uno o el otro deben salir. De la misma manera, el Apóstol Pablo en ese entonces, no tuvo ningún problema con la carne hasta el nacimiento del nuevo hombre. La guerra de dos naturalezas distintas en un cuerpo causó el clamor de su corazón: “¡Miserable de mi! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Romanos 7: 24).

Cuando Pablo se refiere al “viejo hombre” como “cuerpo de muerte”, está usando el ejemplo de una de las formas que practicaban los romanos para castigar a los hombres; en ciertos crímenes de los estados romanos, ejecutaban al prisionero atándole un cadáver a su cuerpo. El hombre tenía que comer, dormir y hacer todas sus cosas, hasta que se muriese con el olor pútrido de ese cuerpo muerto. Pablo decía, que lo que ese cadáver era para un hombre físicamente vivo, la naturaleza carnal lo es para la nueva creación.

De acuerdo a Isaías 58: 6-7, Dios ha escogido el ayuno para desatar al hombre del espíritu de esta horrible naturaleza. En efecto, Dios ha dicho que si por el ayuno “hacéis morir las obras de la carne, viviréis”. Sencillamente Dios está diciendo que si nosotros cumplimos nuestra parte del pacto, crucificando a esta vieja naturaleza de Ismael, y por lo tanto permitiendo la entrada del hombre espiritual, la nueva creación, para que se manifieste y viva a través de nosotros, ya no seremos más nosotros los que vivimos, sino que será Cristo viviendo a través de nosotros. Este es el mensaje de Pentecostés; cuando se le permite al Espíritu Santo romper el yugo de la carne y revelar al Hijo de Dios a través del Cuerpo de Cristo, la lucha cesa, y el Evangelio comienza a funcionar. Todas aquellas cosas que habíamos intentado hacer, obrar los milagros de Dios, de pronto comienzan a acontecer, cuando tú y yo, a través de este ayuno, rompemos el dominio de esta naturaleza carnal y permitimos que la nueva creación tenga la preeminencia.

En el “nuevo hombre” libertado de la esclavitud de la carne, Dios se ha asegurado “un hombre conforme a Su corazón”, y es a través de ese hombre que las cosas por las que nosotros luchamos para que acontezcan, acontecen automáticamente. Cuando la casa está en orden, entonces el río fluye. “El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu…”. Tú no tienes que rogarle al río para que fluya, y tú no tienes que rogarle para que sane. Simplemente suéltalo; cualquier cosa que ese río toque, lo sanará.

“Y toda alma viviente que nadare por dondequiera que entraren estos dos ríos, vivirá; y habrá muchísimos peces por haber entrado allá estas aguas, y recibirán sanidad; y vivirá todo lo que entrare en este río” (Ezequiel 47: 9). Cuanto más y más somos “conformados a la imagen de Cristo”, y las restricciones de la carne son quitadas para que el río pueda fluir sin impedimento, más pronunciada será la presencia y el poder de Dios en nuestras vidas individualmente, y en la Iglesia colectivamente. Porque es la misma naturaleza de la experiencia cristiana el acumular poder, mientras que progresivamente es cambiada a la imagen de Aquel a quien “todo poder en el cielo y en la tierra han sido dados”.

“Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor”. (2 Corintios. 3: 18). Mientras nosotros cumplamos nuestra parte del pacto, manteniendo la carne bajo control a través del ayuno, y levantamos al hombre espiritual a través de la oración, el río del Espíritu comienza a fluir, trayendo consigo el poder y la presencia de Dios. Observa que en Isaías 58: 8, este versículo comienza con la palabrita “Entonces”; en este caso la palabra “entonces” significa “después”. ¿Después de qué? Después de los versículos 6 y 7. Después que el yugo de la carne haya sido roto a través del ayuno, “Entonces nacerá tu luz como el alba.”

Juan 1: 4 dice así: “En él (Jesús) estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres”. Mientras Jesús estaba aquí dijo: “Yo soy la luz del mundo”, pero antes de Su partida les dijo a Sus discípulos, y a tí y a mí, que somos la luz del mundo. Cuando recibimos el Espíritu Santo, recibimos “el espíritu de vida” de acuerdo a Romanos 8: 2. Es esta vida en nosotros la que nos hace, la Iglesia, la luz del mundo. Pero el hecho de que esta vida puede estar en nosotros y no ser vista, está demostrado en la ordenanza de Jesús: “Así alumbre vuestra luz delante de los hombres” (Mateo 5: 16). El énfasis está en el tiempo imperativo “alumbre” en el verbo. Dios es luz, por lo tanto, nuestra única fuente de luz es la vida de Dios que está dentro de nosotros. Pero hay otra vida en este cuerpo, y esta es “la vida de la carne”. Para permitir que nuestra luz brille tenemos que darle una estocada de muerte a la carne.

Si queremos que Jesús sea visto en nosotros, la carne debe ser crucificada; yo debo menguar para que Cristo crezca. A medida que el “viejo hombre” es demolido a través del ayuno que Dios ha escogido, y el hombre espiritual comienza a afirmarse, cosas maravillosas comenzarán a acontecer. Tú no tienes que rogarle al río para que fluya. Simplemente quita el obstáculo de la carne, entonces lo que el río toque, sanará. “…y tu salvación se dejará ver pronto…”. Fíjate, la vida de Dios en tu propia vida, nacerá, será vista, y luego tu salvación se dejará ver pronto.

Yo sé, yo predico, y yo creo en la sanidad divina para este cuerpo, pero en este caso, El está hablando acerca de que cuando esta vida comienza a fluir, entonces la misma Iglesia es sanada, y cuando el Cuerpo de Cristo sea sanado y opere de igual manera que Cristo, entonces el Cuerpo sanará a toda persona enferma ahí. Cuando los traían a Jesús, El los sanaba a todos, y cuando nosotros, el cuerpo de Cristo, nos convertimos en aquello que se supone nos debemos convertir, entonces también haremos lo mismo. Ahora, si el Espíritu de Aquél que levantó de los muertos a Jesús mora en nosotros, vivificará también nuestros cuerpos mortales.

La mayoría de las enfermedades, ya sean espirituales o de otro tipo, son el producto de tensión, depresión y egoísmo. La tensión es producida por el egoísmo. La depresión en el creyente en la gran mayoría, es nacida de la desobediencia y rebelión, y ambas son productos de la voluntad propia. Yo he leído que cuando un rayo láser tiene contacto con un objeto, si no hay resistencia, va a empujar a ese objeto a la velocidad de la luz. Pero si hay resistencia ahí, el láser desintegrara el objeto. Así es cuando Dios toca nuestra vida. El comienza a movernos a Su mundo de luz. El nos ordena: “despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia…” (Hebreos 12: 1). Si nosotros obedecemos y nos despojamos del “viejo hombre” Dios nos llevará a Su presencia más y más. Pero si nos rebelamos, si nos resistimos, él nos quebrantará; estaremos deprimidos, frustrados y enfermos. A medida que caminamos en el Espíritu, despojándonos de los pesos, es entonces que tu salvación (tu salud) se dejará ver pronto; e irá tu justicia (la cual es Jesús), delante de tí, y la gloria de Jehová será tu retaguardia.

Dios solamente obra con el “hombre espiritual”, o sea que, a medida que nosotros continuamos poniendo al hombre viejo en sujeción y nos revestimos del nuevo, más y más conseguiremos los deseos de nuestro corazón. Dice el Espíritu: “Entonces invocarás, y te oirá Jehová; clamarás, y dirá él: Heme aquí. Si quitares de en medio de tí el yugo, el dedo amenazador, y el hablar vanidad”. Si tú tratas con esta naturaleza egoísta, y esta nueva creación está orando, Dios la oirá todo el tiempo. El hombre no puede ser más rico que la primera parte de este versículo 9. Dios está diciendo: “hay un punto cuando todo clamor es oído, y toda oración es respondida”. El mundo de las oraciones respondidas está reservado para aquellos que viven en obediencia a la última parte del versículo 9: “…si quitares de en medio de ti el yugo, el dedo amenazador, y el hablar vanidad”.

El Apóstol Juan caminó en esta promesa y dio este testimonio: “…y cualquiera cosa que pidiéremos la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de él” (1 Juan 3: 22). Lo principal es que Dios no hace ningún trato con el “hombre viejo”, pero oirá todo clamor del “nuevo hombre”. Esto es a lo que David se refirió cuando el habló de “un abismo llama a otro” (Salmo 42: 7). Es la nueva naturaleza de Dios en la nueva criatura clamando a Dios. Y Dios responderá a lo que es Su propia naturaleza siempre.

Esto está preciosamente ilustrado en una madre con su hijo recién nacido. Cuando un bebé viene a este mundo, él conoce a la madre. Esto es algo bello. Yo aprendí esto con nuestro primogénito. El no me conocía cuando llegó. Muchas veces en esas primeras semanas, yo lo cargaba y él lloraba y nada de lo que yo hiciere lo satisfacía; finalmente, se lo daba a su madre, e inmediatamente él se calmaba. El estaba con alguien que él conocía, y se sentía seguro. Había otra cosa que noté con respecto a la relación con mi esposa y nuestro bebé. Mi esposa podía estar completamente dormida, pero si ese niño respiraba diferente, o se movía, ella se despertaba instantáneamente e iba al lado de la cuna; el más pequeño murmullo y ella estaba ahí, ¿por qué? Ella y ese niño habían estado juntos por nueve meses antes que él viniera a este mundo. Ese bebé vino de ella, ella y él eran uno, tanto así, que la menor reacción de él, hacía que ella respondiera al instante.

Lo que es cierto de esta madre con su niño, es igualmente cierto del Padre con una nueva criatura en Cristo. Esta nueva criatura vino de Dios. El estaba con Dios desde la eternidad pasada. Aún mucho antes que él hubiera nacido en este mundo, Dios y ese nuevo hijo espiritual son uno; tanto así que, como la madre, el más pequeño llamado de él trae una respuesta inmediata del Padre. “Clama a mí, y yo te responderé …”. Dios siempre oirá al hombre espiritual. “Y si dieres tu pan al hambriento, y saciares al alma afligida, en las tinieblas nacerá tu luz, y tu oscuridad será como el mediodía” (Isaías 58: 10). La primera parte del versículo muestra que aún estamos nosotros operando detrás del “entonces” del versículo 8. Estamos cumpliendo con nuestra parte del pacto al mantener a la carne bajo sujeción a través del ayuno.

Dios solamente va a oír a la nueva creación. Cuando el hombre cayó, Dios quitó Su presencia del género humano. Luego puso una espada encendida a la entrada que decía: “Tu género no puede entrar en mi presencia”. Ninguna carne se gloriará en Su presencia. Los oídos de Dios están cerrados para el hombre carnal. Dios ha escogido el ayuno para quebrantar el dominio del hombre carnal sobre el hombre espiritual. Cuando nosotros obedecemos, y la carne es quebrantada, entonces el río de vida comienza a fluir de nuestro ser. No tienes que instar al río para que fluya. Quita la barrera, derrumba la represa, el río fluirá, y sanará lo que tocare. Y, cuando el río fluye, la lucha cesa, y las cosas por las que nos afanamos para que ocurran, acontecen. El problema es “la carne” (la vieja naturaleza Adámica), porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y estos se oponen entre sí, para que no hagamos lo que quisiéramos. “El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva” (Juan 7: 38).

La respuesta a todo está en el fluir del río. Pero para que el río fluya, a la “carne” se le tiene que dar una estocada mortal. Tú y yo, a través del ayuno, debemos quitar los obstáculos. “…en las tinieblas nacerá tu luz, y tu oscuridad será como el mediodía”. Y si cumples tu parte del pacto, muriendo diariamente como Pablo predicó, haciendo morir continuamente las obras de la carne, a través de la disciplina del ayuno, y si al mismo tiempo continuamente levantas al “nuevo hombre” a través de la oración, tu vida, que es la vida de Dios en tí, se levantará en la oscuridad y Jesús será visto en tí, y Jehová te pastoreará siempre.

La forma más alta de existir es vivir en la voluntad de Dios; vivir de tal manera que Dios pueda decirte paso a paso lo que vas a hacer, es el plano más alto de espiritualidad. “Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios” (Romanos 8: 14). La palabra “hijo” aquí en este pasaje habla de madurez espiritual. Es al “hombre espiritual” maduro al que Dios guiará continuamente. Dios no ordena los pasos del hombre carnal.

“Por Jehová son ordenados los pasos del hombre” (Salmo 37: 23), lo cual nos dice que aún estamos operando detrás de ese “entonces”, porque Jesús dijo en Lucas 18: 19, “Ninguno hay bueno, sino solo Dios”. Estas Escrituras nos dicen que Dios solamente ordenará los pasos de aquellos que son de Su propia Naturaleza. Si alguno está en Cristo, nueva criatura es. Esta nueva creación ha llegado a ser participante de la naturaleza divina (2 Pedro 1: 4). Esta guianza del Señor por nuestra parte es un proceso. Por otro lado, es el crucificar, o mantener muerta la naturaleza vieja. Y hasta que resuelvas esta guerra entre la carne y el Espíritu, no puede haber ahí verdadero gobierno del Espíritu. Para esto, Dios nos ha dado el ayuno.

¿Cómo es que el ayuno trae esta crucifixión? Muy sencillo: todo lo que tiene vida demanda comida. Si le quitas la comida a cualquier cosa viviente, sea planta, animal, humano, o espiritual, comenzará a morir. Cuando tú ayunas, debilitas al “viejo hombre”, y si al mismo tiempo pasas mucho tiempo en oración, fortalecerás al “nuevo hombre”, y a medida que ese nuevo hombre gana más terreno sobre el viejo y comienza a manifestarse, Dios lo puede guiar a Su voluntad y propósito.

Este es el medio de Dios, este es el ayuno que Dios ha escogido. Y si nosotros le obedecemos, nuestras vidas serán levantadas como el alba, nuestra salvación (salud) se dejará ver pronto; Jesús irá delante de nosotros, la gloria de Dios detrás nuestro, y cuando oremos, Dios nos oirá. Nuestra luz nacerá en oscuridad y el Señor nos guiará siempre. En las sequías, Dios saciará tu alma. Esta es la forma; si tú, mediante el ayuno y la oración, colocas a la naturaleza nueva en su lugar apropiado, Dios obrará a través de tí y contigo, y las cosas por las que nos afanamos por lograr, acontecerán.

 

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