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Lección 9.- El Espíritu De La Promesa

Lección 9.- El Espíritu De La Promesa

En Lucas 24: 47-49 dice, “Y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén. Y vosotros sois testigos de estas cosas. He aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto”. A El se le llama aquí “el Espíritu de la promesa”. Eso es lo que vamos a tratar en este tema. Esta expresión abarca tanto hacia atrás como hacia adelante: El es el Espíritu dado en el cumplimiento de la promesa, y en El están las arras de la promesa aún incumplida que “despertaremos a Su semejanza” (2 Corintios 3: 18). El Espíritu Santo es las arras de esa herencia; el propósito definitivo de Dios es conformarnos a la imagen de Cristo, y el Espíritu Santo es las arras de esa herencia. Sin El nada podría suceder. El don de Pentecostés cumple la promesa culminante del Padre, “El estará en ustedes”. Nuestro Señor habló de El como la promesa del Padre. El Apóstol Pedro explicó el descender del Espíritu en Hechos 2 con estas palabras: “Este es aquel…”. Así que Pentecostés fue el sello de Dios sobre la Mesianidad de Jesús, y el cumplimiento de Su promesa a Israel cuando el viento sopló en ese aposento alto. Cuando vino, la promesa se cumplió, y los discípulos que esperaban supieron que El estaba sentado a la diestra del Padre. El Espíritu vino a los discípulos creyentes ahí como las arras de su herencia y la garantía de nuestra resurrección. Hombres inseguros llegaron a ser seguros de sí mismos ese día, porque estaban seguros de Dios. Jesús se había sentado a la diestra del Padre, y la prueba de esto fue el Espíritu Santo que vino a ellos ese día. El Espíritu Santo es las arras de la herencia de todo lo prometido, es el único que va a hacer reales todas las promesas que Dios ha hecho. El es el Espíritu de la promesa en el cumplimiento, y el Espíritu de la promesa en seguridad mediante la fe. Ahora, mirémosle a El, la promesa del Padre.

En el Antiguo Testamento la promesa del Espíritu se identifica siempre con la persona y el ministerio del Mesías. En los primeros pasos El es percibido como un poder más que una persona, pero en El se da a conocer siempre una persona quien es un agente activo y no meramente una influencia. En el Antiguo Testamento había poco conocimiento de El como una persona con quien el hombre puede mantener un intercambio personal, pero luego surgió como una persona viva en quien estaba la plenitud del poder y sabiduría divina; la misma mente de Dios. El, cuando fue dado a nosotros, fue la misma vida de Dios. Todo lo que Dios es, y Dios quiere hacer con y mediante nosotros, está en el Espíritu Santo. El es la sabiduría de Dios. En nosotros El llega a ser todo lo que necesitamos para ser y hacer, lo que Dios nos ha llamado a ser y hacer.

Nuestro Señor afirmó que estas promesas concernientes al Espíritu iban a ser cumplidas en El. Juan el Bautista bautizó con agua, pero Cristo vino para bautizar con el Espíritu Santo y fuego.

Hay pocos incidentes más iluminadores que el que se registró “El último y gran día de la fiesta” (Juan 7: 37-39). Ese día Jesús se puso en pie y clamó, “El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva”. Y Juan agregó esto: “…esto dijo acerca del Espíritu…”. Este es uno de los grandes puntos de giro de las Escrituras: Jesús dijo que esta promesa iba a ser cumplida en El. Esa era la promesa del Padre.

Luego llegamos a la promesa del Hijo. La promesa del Padre llega a ser explícita en la promesa del Hijo, claramente desarrollada con todos sus elementos evidentes, no ambiguos. Por la mayor parte de Su ministerio, Jesús rara vez habló del Espíritu, pero sobre la víspera de Su muerte, Jesús habló de El con asombrosa plenitud; El comenzó a tratar con el Espíritu Santo. Cuando el tiempo vino para Su regreso al Padre, era necesario que los suyos, sus seguidores, supieran sobre el Consolador que iba a mandarles. La promesa era completa: resumía toda la enseñanza de profecía y anticipaba todo el desarrollo en la experiencia.

Ahora veremos 7 declaraciones fundamentales sobre el Espíritu en la promesa del Hijo. Quiero que las retengas, porque como lo he dicho una y otra vez y lo seguiré diciendo, tiene que haber fe en el Espíritu Santo. El ha venido como el Espíritu de la promesa; el ha venido como el Espíritu de poder; El ha venido a nosotros como el que nos guiará a toda la verdad. Debemos de tener fe y confianza absoluta que El va a ser en nosotros lo que Dios dijo que El sería. Y al mirar estas 7 declaraciones en lo que concierne al Espíritu Santo, creo que nuestra fe aumentará, y llegaremos a darnos cuenta de que lo que tenemos es la respuesta a todo lo que Dios quiere.

Número 1. El mismo Espíritu que había sido dado a Jesús, iba a ser dado a ellos; no otro espíritu. Aquí tenemos esta promesa, que el Consolador que vendrá que ha estado con ellos; ahora va a estar en ellos, ese Espíritu va a ser exactamente el mismo Espíritu Santo que estuvo en el Señor Jesucristo. Eso es suficiente para encender el corazón y dar la seguridad a cualquier seguidor de Cristo que estamos equipados totalmente para hacer todo lo que Dios ha mandado.

Número 2 . El Espíritu no solamente sería el mismo Espíritu, sino que El sería para ellos todo lo que El había sido para Jesús. Cuando lees los Evangelios y miras a Cristo como hombre, el primogénito de una nueva creación, entenderás que a esta imagen vamos a ser conformados. El era en esta tierra ambos, Dios y hombre, 100% Dios y 100% hombre. Pero como hombre estuvo bajo el control constante del Espíritu Santo. Y al leer el Evangelio con este pensamiento en mente, entonces tiene gran importancia cuando te das cuenta que el mismo Espíritu que estuvo en Cristo está ahora en nosotros. Dice en Hechos 10: 38, “Cómo Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret, y cómo éste anduvo haciendo el bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo…”; el anduvo en el poder del Espíritu Santo. En Mateo 4, nuevamente encontramos, que fue mediante el Espíritu eterno que El se ofreció a Sí mismo a Dios. Jesús nos dice, “El será para tí lo que El fue para mí”.

Número 3. Jesús dijo que el Espíritu Santo sería para ellos todo lo que el Hijo había sido para ellos y aún más. No solamente el Espíritu Santo sería para ellos lo que El había sido para Jesús, sino que El sería para ellos, y consecuentemente para nosotros, todo lo que Jesús había sido para ellos y más. Ahora entiende esto: “El sería…”. Siempre decimos “…si sólo pudiéramos haber estado en el tiempo que Jesús estuvo aquí. Si pudiéramos haber estado con El cuando El estuvo aquí personalmente, en la tierra…”. Pero Jesús nos dice que el Espíritu Santo será para nosotros más de lo que El mismo era para esos primeros discípulos. Todo esto está en las declaraciones del Espíritu Santo.

Número 4. El estaría en ellos como el Hijo había estado con ellos, no sólo como un poder externo, sino interno; El no vendría como una influencia externa sobre ellos, sino ahora El iba a ser en ellos la fuerza motivadora e impulsora de Dios. El Espíritu Santo iba a estar en ellos como todo: El estaría en ellos como la fe de Dios, porque la Biblia dice que El es el don de y el fruto de fe en el creyente; El será el amor de Dios, derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo; el es la vida de Dios; por lo tanto, El es la misma naturaleza y las emociones de Dios en el creyente, para que podamos caminar en el Espíritu, y Cristo sea la absoluta proyección de nuestra vida. El no solamente va a estar como El estaba, con nosotros, sino que El estará en nosotros.

Número 5. Ellos ganarían más en El (eso es, en el Espíritu Santo), de lo que perderían en la partida de Cristo. Jesús les dijo, “es conveniente que me vaya, porque si yo no me voy, el Consolador no puede venir”. Esto realmente puede conmover el corazón, cuando comienzas a entender estas declaraciones concerniente al Espíritu Santo, de Su venida a nosotros, y lo que El significaría y sería para nosotros. Veamos esta quinta declaración nuevamente. Cristo ha estado con ellos tres años; ellos han dormido con El, comido con El, le han visto obrar sus milagros, se han sentado y escuchado su sabiduría; pero ahora, El les dice que van a ganar más en el Espíritu Santo, de lo que ellos perderían en la partida de Cristo. ¡Qué tal promesa tenemos en el Espíritu Santo!

Número 6. El sería el Paracleto, o el otro “yo” de Cristo, y al morar dentro de ellos, Cristo viviría en ellos. Jesús está diciendo que “está viniendo a ustedes para que Yo pueda vivir mi vida mediante ustedes, a través de El , y por El”. El Espíritu Santo en nosotros vivirá la vida de Jesús a través de nosotros. Aquí Romanos 12:1 realmente toma importancia: “Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional”. Esta promesa lo retiene todo. Este bendito y maravilloso Espíritu Santo de Dios, que Jesús dijo que vendría a ellos, quien vino en el día de Pentecostés, quien ahora nos llena con esta gloria y presencia, va a vivir la vida de Jesús a través de nosotros. En Hebreos 6: 1, Pablo dice a los creyentes hebreos, y consiguientemente a todos nosotros, “…vamos adelante a la perfección; no echando nuevamente el fundamento del arrepentimiento de obras muertas, y …”. Esto es, no continúen retrocediendo y teniendo que ser “resalvados”; vayan a la perfección, esto es, vayan a donde el Espíritu Santo sea la fuerza absoluta de su vida. Entonces conecta esto con lo que Pablo dijo, “Con Cristo estoy juntamente crucificado”. En otras palabras, “yo, Pablo, soy un hombre muerto, no obstante vivo. Pero la vida que vivo la vivo por la fe del Hijo de Dios quien me amó y se dio a sí mismo por mí”. Lo que él está diciendo es: “la vida que vivo la vivo por la vida de Cristo. El Espíritu Santo está en mí, y estoy muerto a esa vida vieja; pero ahora vivo, porque el Espíritu Santo vive la vida de Cristo a través de mí”. Este es el fin definitivo de Dios, este es el éxito del Evangelio. Jesús dijo, “Y yo si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mi mismo”.

Número 7. La declaración del Espíritu Santo fue que su misión era glorificar a Cristo, al tomar las cosas de Cristo y hacerlas disponibles a nosotros. Estas declaraciones referente al Espíritu Santo que Dios te ha dado a tí y a mí es que, son la esperanza del Evangelio que está yendo a todo el mundo, y la esperanza de la Iglesia en esta hora. Jesús llamó al Espíritu Santo el “paracleto”. Es desafortunado que “Paracleto” se haya traducido “Consolador”; “abogado” es el significado más correcto. Un abogado es un representante de otro. El Espíritu no es nuestro abogado, sino el de Cristo; El no está aquí para representarnos a nosotros, el Espíritu Santo viene para representar a Cristo, para interpretar y vindicar a Cristo y administrar por Cristo en Su Iglesia y reino; el Espíritu Santo ha venido para eso. Esa es la razón por qué es imperativo que tú y yo seamos guiados por el Espíritu de Dios, porque para esto El ha venido. El es el abogado de Cristo. El vino para ser en el creyente todo lo que Cristo mismo era y es, con esta diferencia: Cristo estuvo con ellos y el Espíritu está en ellos, el Espíritu del Hijo.

Pero llegamos finalmente a la promesa del Espíritu. Vimos la promesa del Padre, (el Espíritu Santo) vimos la promesa del Hijo, ahora la promesa del Espíritu. Pablo habla de la “provisión del Espíritu”. Todas las promesas de Dios son hechas posibles por el Espíritu; todas nuestras necesidades se encuentran en la provisión del Espíritu. Hemos visto en la Iglesia, en las últimas dos décadas, un esfuerzo por parte del hombre de manipular a Dios; es El mismo pecado de la Iglesia Corintia de hacer las cosas de Dios sujeto al hombre. La diferencia entre los corintios y el apóstol era, que él dijo que esos dones estaban exclusivamente en las manos de un Dios Soberano, que el Espíritu Santo los distribuye separadamente y soberanamente como El quiere. Pero la iglesia corintia los sujetó a ellos mismos, esto es, declararon ser capaces de usar los dones y sólo como ellos quisieran; eso trajo maldad y pecados terribles en esa iglesia. Cuando la carne entró, tratando de manipular al Espíritu Santo, entonces surgieron pecados en esa iglesia corintia, no nombrados entre los gentiles. Es ese mismo espíritu el que se muestra aquí en la Iglesia de los últimos tiempos. Se mostró a principios en la iglesia corintia, y ahora es muy predominante en la iglesia de Laodicea. Es aquí que tú ves hombres diciendo que pueden hablar en lenguas a voluntad, pueden profetizar a voluntad, y esto ha traído una maldad terrible en la Iglesia. Los hombres tratan de manipular a Dios, y por eso la Iglesia está llena de pecado. Algunos de los personajes más grandes del mundo Pentecostés han tropezado y caído. Ellos eran una parte de esto, este espíritu de imitación que siempre trae una maldición. Pero el Espíritu Santo es el dador de todos los dones. El es el don que incluye todo. En El, por El, a través de El, está el suplir de toda nuestra necesidad: El es el administrador de la sanidad, El administra la vida. El espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte, que es la carne.

El Espíritu Santo es el espíritu de sabiduría, El es el espíritu de verdad, El es el espíritu de vida, de gracia, y de amor. Cuando lo sabemos por la palabra de Dios y nuestra fe está en esto, entonces podemos movernos con confianza al ser guiados por Dios. Quizás vas a levantar una nueva iglesia, o vas a despertar esa iglesia de la que tú has venido, puede haber gran fe mantenida en tí. Ora todos los días por una nueva plenitud del Espíritu Santo, y entonces camina en la confianza del Espíritu Santo. El es el espíritu de sabiduría, El es el espíritu de vida, El es el espíritu de verdad que se ha dado a nosotros. Entonces sé que, por virtud del Espíritu Santo, puedo hacer lo que Dios me ha llamado a hacer. Jesús dijo, “De mí mismo nada puedo hacer”. Pero luego Pablo nos dice, “todo lo puedo en Cristo que me fortalece”. ¿Cómo me fortalece Cristo? Mediante el Espíritu Santo de Dios. El Espíritu Santo conoce las cosas profundas de Dios y las hace conocidas a la Iglesia. El Espíritu Santo es ese Espíritu de la promesa, El es el abastecimiento, y la Iglesia es el ministro del suplir, porque debe haber una vasija. Toda la obra de Dios desde Adán hasta este día actual, ha exigido un instrumento humano, debe haber una vasija para este suplir. Se exige un instrumento humano, y la Iglesia es esa vasija mediante la cual el Espíritu Santo vierte el suplir al mundo. Siempre ha sido de esa manera. Cuando Dios quiso tener una nación, El llamó a Abraham. Cuando El quiso conservar esa nación, El llamó a José. Cuando El quiso liberar esa nación, El llamó a Moisés. Cuando El quiso instruir esa nación, El llamó profetas. Así que un instrumento humano estuvo involucrado desde el inicio y hasta ahora. El Espíritu Santo debe tener una vasija para obrar, y la medida de nuestra utilidad es la medida del suplir del Espíritu que nosotros tenemos. No es por fuerza, ni por poder, sino por el Espíritu del Dios vivo. Es inútil intentar en la energía de la carne lo que sólo puede ser realizado por el Espíritu de Dios; la promesa del Espíritu cubre cada necesidad actual. Si puedo clavar esto en tu espíritu, tú saldrás equipado no sólo para encontrar al diablo en su propio terreno, sino también para desempeñar cualquier cosa que Dios te ha llamado a hacer. Las posibilidades del avivamiento están en nosotros. Cuando Nehemías dijo, “¿ves la angustia en la cual estamos?”, en el libro de Nehemías, fue cuando miró la ciudad: los muros estaban caídos, las puertas quemadas, y cuando miramos a la Iglesia y vemos esos muros caídos, estamos viendo mucho de lo que Nehemías vio. Y él dijo, “¿ustedes ven la angustia?”. La palabra “angustia” simplemente significaba que había más del diablo ahí que de Dios. Pero entonces él dijo, “levantémonos y saquemos este reproche”. Cuando dijo “sacar este reproche”, quería decir que la respuesta a todo está dentro de nosotros, a quienes Dios ha llamado. No te desesperes por las condiciones alrededor de tí. La Iglesia desde luego está muerta, pero está dentro de tí el poder para reavivarla, porque en cada uno de nosotros, bautizados en el Espíritu Santo, está la respuesta a todo.