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Lección 19.- Santidad Y Fe, Santidad Y Mediación

Lección 19.- Santidad Y Fe, Santidad Y Mediación

El participio usado en el título de este capítulo no es el presente, denotando un proceso, sino que es el aoristo indicando un acto hecho una vez y terminado. Es muy importante que notes esto. Cuando creemos en Cristo, recibimos a Cristo en completo. Recibimos nuestra justificación y nuestra santificación, no lo recibimos por partes, recibimos de una sola vez todo lo de Cristo y somos inmediatamente aceptados por Dios como personas justas en El y santos en El. Así que Dios nos considera y nos llama por lo que somos, santificados por la fe en Cristo. Dios nos ve en Cristo. Mientras que habitamos donde El nos puso, Dios nos reconoce como personas santificadas.

Mientras somos guiados a ver lo que Dios ve, esto es, cuando nuestra fe se agarra de la verdad que esta vida santa de Cristo es nuestra en una posesión real, y cuando la aceptamos y nos la apropiamos en forma diaria, vamos a poder vivir realmente la vida a la que Dios nos ha llamado. Cuando veamos esta verdad, sólo entonces estaremos en la posición correcta en la que nuestra santificación progresiva va a poder obrar en nosotros. Obrará sólo cuando aceptemos y apliquemos en la vida diaria el poder de una vida santa, la cual ha sido preparada en Jesús. Esto es posible por nuestra unión con El y se ha convertido en nuestra posesión presente y permanente. Esta vida obrará en nosotros de acuerdo a la medida de nuestra fe.

Desde este punto de vista, es evidente que la fe tiene una operación de doble acción. La fe es, primero, la certeza (sustancia) de lo que se espera, la convicción (evidencia) de lo que no se ve. Entonces, la fe trata con el presente que no se ve así como con el futuro que no se ve.

Cuando recibimos a Cristo recibimos todo lo de Cristo, incluyendo la justificación y la santificación; entonces, la fe está operando. La fe es la evidencia de lo que no se ve, la sustancia de lo que se espera, pero que ya está realmente en existencia.

Cuando yo nazco de nuevo, no veo realmente la santificación; aunque sí veo la justificación, no veo la santificación, pero la fe es la evidencia que ya está presente. Nuestra completa santificación como una posesión presente tiene como evidencia de las cosas que no se ven, el regocijarse en Cristo. Es sólo cuando por fe me regocijo en esto, que yo puedo agarrarlo, aceptarlo, recibirlo y ver esta obra en mi vida, como la evidencia de todo lo que sé ya está realmente ahí. Así que a través de la fe yo simplemente veo lo que Cristo es, como está revelado en la palabra por el Espíritu Santo. Luego yo reclamo todo lo de El como mío; Su santidad, Su naturaleza santa y Su vida son mías. Soy santo por la fe en El. Ya tengo la santidad, pues recibo todo lo de Cristo cuando lo recibo a El. Por la fe, que es la evidencia de lo que ya está realmente ahí, aunque no lo veo, comienzo a apropiarme de ello. Entonces veo en la palabra de Dios que he sido santificado, porque Cristo ha sido hecho mi santificación.

Este es el primer aspecto de la santificación. Pone su mirada hacia lo que ya está completo y determinado como la sustancia de lo que se espera. La fe se extiende en la seguridad de la esperanza hacia el futuro, hacia las cosas que aún no veo o experimento, y reclama día a día de Cristo, quien es nuestra santificación, lo que se necesita para una santidad práctica. Dependo de Jesús para que me provea en experiencia personal, en forma gradual e incesante, para la necesidad de cada momento de lo que ha sido atesorado en Su plenitud. ¡Qué gran verdad es ésta! si sólo nos agarráramos de esto como ministros de Cristo, para ministrar a la gente y llevarlos a la plenitud de Dios. Si sólo reconociéramos esta doble función de la fe, de lo que hablamos aquí, entonces y sólo entonces podríamos avanzar, y Dios obraría el asunto de la santificación en una santidad práctica en nuestra vida.

El primer aspecto de la fe dice, “Yo sé que estoy en El y toda su santidad es mía”. “Mas por él estais vosotros en Cristo Jesús el cual nos ha sido hecho por Dios….santificación”. Aún puede que no esté en su forma práctica de vida, pero por fe me agarro de esto; así es como Dios me ve, y es cuando yo permanezco en esta posición, y mi fe se mantiene, que entonces gradual y continuamente estoy siendo conformado a la imagen de Cristo.

El segundo aspecto de la fe dice, “Yo confío en El por la gracia y fuerza que yo necesito cada momento para vivir una vida santa”. La fe en Jesús es el secreto de una vida santa; es sólo esto; no son las reglas que la religión hace para tí, ya sean pentecosteses, cualquier regla que sea. No son leyes religiosas lo que necesitamos. Necesitamos la fe en Jesús. Esta es la única posibilidad de una vida santa. El es totalmente santo, y yo estoy en El, Su santidad ahora es mi santidad. Con la justificación sabemos cómo actúa la fe, y cuáles son sus obstáculos. Es bueno para nosotros conocer que los mismos peligros de la fe están presentes en la santificación.

La fe en Dios se para en oposición contra confiar en el “yo”. La fe es obstaculizada cuando yo mismo y por mí mismo me quiero hacer santo, entonces Dios no puede obrar esta santidad en mí. Cuando intento creer que soy salvo por algo que he hecho, entonces Dios no puede salvarme. La fe mira el obrar de Dios y se rinde a Su fortaleza como está revelada en Cristo a través del Espíritu.

La fe permite que Dios obre tanto en la voluntad como en el hacer. Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma. La evidencia de esta fe serán las obras de la fe, será este trabajo externo de esta santidad práctica, de esta santificación que yo ya poseo en Cristo, esta obra externa es importante, para que nuestro caminar se convierta en un caminar santo, que es lo que Dios está buscando en nosotros.

Dios no sólo quiere que Cristo esté en mí, sino que yo muestre a Cristo en mí por esta santidad visible que es un resultado de creer que Su santidad es mi santidad.

Las obras de la fe entonces, son muy diferentes que las obras hechas por el creyente con su esfuerzo personal. La verdadera vida de santidad tiene sus raíces en un sentido constante de impotencia, y una rendición completa al Salvador. Esto es especialmente verdad en ambas obras de la fe, en la justificación y la santificación, pero es verdad también en todo aquello a lo que Dios nos llama.

Este mensaje es para tí, que posiblemente vas a salir a predicar, porque El te quiere llevar a un conocimiento de tu inutilidad total para cumplir tal obra. Cuando alguien le preguntó al Sr. Taylor por qué creía que Dios lo había llamado a evangelizar el interior de China, su respuesta fue simple: “Dios tuvo muchas dificultades en encontrar alguien suficientemente débil para que haga ese trabajo”; en otras palabras, alguien que supiera que era completamente incapaz para la tarea . El Sr. Taylor se dio cuenta que estaba imposibilitado en sus propias fuerzas para cumplir esta obra.

Las obras de la fe son las obras de Cristo; no son las obras del “yo”. La fe que guía a una total victoria en la santificación, es la fe que consiente en no ser nada, para que Dios lo sea todo.

Tanto como por propio esfuerzo, la fe es obstaculizada por el deseo de sentir y ver. Somos gente que nos gusta ver. Es difícil para El sacarnos de querer ver, entonces nuestra fe nos falla en las pruebas reales y circunstancias de la vida. Jesús dijo, “Si crees, verás…” El Espíritu Santo va a sellar nuestra fe con una experiencia divina. Veremos la gloria de Dios. Pero ésta es Su obra, y no la nuestra. La nuestra es, cuando todo parece oscuro y frío, aun en cada momento seguir creyendo en Jesús como nuestra total y suficiente santificación y en quien somos perfeccionados delante de Dios.

El quejarnos por no sentir o por estar muertos o débiles, raras veces ayuda. Esto no es bueno. El busca la persona que rehúsa el preocuparse con ella misma y de su debilidad, o de la fuerza del enemigo. Pero mas bien mira a Jesús y quien es El y lo que El ha prometido hacer. Es este que va a ser conformado a Cristo, y la obra práctica de santidad realmente va a obrar en su vida.

Cuando parece que Dios no está haciendo lo que creíamos que iba a hacer, entonces es el momento para que la fe se gloríe en Dios. No hay nada que revele más el carácter de la fe, que el gozo y la alabanza, esto es, cuando las cosas no van como yo quiero o cuando no las puedo ver; cuando caigo y me tengo que arrepentir, y estoy buscando esta gran obra externa; es en ese momento cuando yo le alabo y me ocupo de Cristo y su poder santificador, y no en mí mismo, ni en mis propios esfuerzos ni en la fuerza del diablo. No le des alabanza ni gloria si no quieres, pero en mi hay el conocimiento que las obras de la fe son, las obras de Cristo y El lo está laciendo.

Entonces, viendo cuál es el lugar de la santidad de Dios y de la fe, y cómo esto es la evidencia de lo que no veo, pero que realmente poseo, la fe se agarra de esto, y esta transubstanciación ocurre: se mueve de lo no visto a lo visible, y entonces la santidad de Cristo es vivida a través de mí de una manera práctica y externa día a día.

En Éxodo 28: 36-38 dice, “Harás además una lámina de oro fino, y grabarás en ella como grabadura de sello, SANTIDAD A JEHOVA”. “Y estará sobre la frente de Aarón, y llevará Aarón las faltas cometidas en todas las cosas santas, que los hijos de Israel hubieren consagrado en todas sus santas ofrendas; y sobre su frente estará continuamente, para que obtengan gracia delante de Jehová”.

La casa de Dios era la habitación de Su santidad, el lugar donde El se revelaba a sí mismo. Ahí El se revelaría como el Dios Santo que santifica, que atrae a sí mismo a todos los que van a ser participantes de Su santidad, y a quien había que acercarse con temor y temblor.

El centro de la revelación de Su presencia santificadora se encuentra en el sumo sacerdote; la capacidad de éste era doble, pues representa a Dios con el hombre, y al hombre con Dios; este era el oficio del sumo sacerdote; él era la personificación de la santidad divina en la forma humana. El es la personificación de la santidad en el hombre ya que esta santidad es un don divino de Dios, mientras que la dispensación de símbolo y sombra pueden expresarlo.

Dios se acerca para bendecir y santificar a la gente en el sumo sacerdote; a través de él la gente se acerca más a Dios. Aun el mismo día de la expiación en el cual él habría entrado en el Lugar Santísimo, fue prueba de lo impío que era el hombre, y cuán incapaz de habitar en la presencia de Dios. Pero aun así, El era un tipo y retrato del Salvador que estaba por venir.

Entre los muchos puntos en los que el sumo sacerdote tipificaba a Cristo, nuestra santificación fue simbolizado por la corona santa que él usaba. Está claro que todo lo del sacerdote tenía que ser santo. Pero había una cosa en la cual la santidad alcanzaba su plena manifestación: era la lámina de oro que usaba en la frente con las palabras grabadas en ella, que decían “Santidad a Jehová”. Todos aquellos que leían estas palabras sabrían que el objetivo de su existencia era ser el portador de la santidad divina, y que él era la persona escogida a través de quien la santidad de Dios fluiría para bendecir a la gente.

Era realmente muy notorio cómo debía funcionar esta corona santa; porque al portar este nombre, “Santidad a Jehová”, él tiene que llevar consigo la iniquidad de las cosas santas que los hijos de Israel consagraban, para que puedan ser aceptadas delante del Señor. Por cada pecado, tenía que ser efectuado algún sacrificio o forma de expiación. Pero, ¿qué acerca del pecado que penetraba al mismo sacrificio que se ofrecía y al mismo servicio religioso? ¡Qué oprimido estaría el adorador por su conciencia, al saber que su penitencia, esto es su arrepentimiento, su fe, su amor, todos fueran imperfectos y manchados! Para esta necesidad Dios había provisto la santidad del sumo sacerdote; El proveyó a través de esta santidad, cubrir el pecado y la impiedad de las mismas cosas santas.

La corona santa era la señal de Dios indicando que la santidad del sumo sacerdote hacía al adorador aceptable ahí en la presencia de Dios. Si el adorador no era santo, entonces estaba ahí uno de sus hermanos que era santo, que tenía una santidad que lo avalaría. El sumo sacerdote del Antiguo Testamento, llevando esta corona que decía “Santidad a Jehová”, representaba que él llevaba en sí mismo la santidad de Dios, tomando los pecados de todos; él era un tipo de nuestro gran sumo sacerdote, el Señor Jesucristo.

Ese adorador podía mirar hacia el sumo sacerdote, no sólo para efectuar la expiación con la sangre esparcida de esta ofrenda, sino para asegurar una santidad en su persona que lo hacía a él adorador y a sus ofrendas, agradables en el altar de Dios. Ese adorador, consciente de su falta de santidad, podía regocijarse en un mediador.

¿No es ésta la más preciosa lección, que nos lleva un paso más allá en el camino de la santidad a Dios? ¿Cómo nos hace Dios santos a tí y a mí, y a la gente a quien tienes que ministrar? Es posible a través de un hombre en quien la santidad divina ha decidido descansar; un hombre cuya santidad nos pertenece como sus hermanos, los mismos miembros de Su cuerpo. Esta es una lección que muchos buscadores de santidad necesitan tan desesperadamente; ellos saben bien que la Palabra enseña perdón total de pecado; creen en el amor del Padre y en lo que El es capaz de hacer. Pero cuando ellos oyen de la simplicidad de un niño, la seguridad de la fe, el amor y la obediencia con las cuales el Padre espera que ellos vengan a recibir las bendiciones, entonces sus corazones les fallan; su propia pecaminosidad los hace incapaces de reclamar o agarrarse de la presencia que es ofrecida a ellos. Entonces sus conciencias empiezan a condenarlos, y no tienen la confianza que deberían tener.

Dios nos revela la manera de hacernos santos y prepararnos para la comunión con Su Santidad. Tenemos que asirnos de esto, que cuando El eligió a Su mediador, proveyó de Su Santidad para todos los que vienen a través de El. Cuando yo me inclino y oro, y siento cuán indigno soy, (y quien de nosotros no ha experimentado esto, acercándote al altar de Dios e inclinándote delante del Dios Santísimo, tan Santo que no puede ver el pecado), y empiezo a sentir lo indigno que soy; y cuánto me falta de lo que Dios demanda, entonces yo sólo necesito mirar al Sumo Sacerdote en Su Santidad, y creer que la iniquidad de mis cosas santas ha sido quitada por El, así que soy perfectamente santo delante de Dios, a pesar de lo que yo pueda ver en mí mismo. Tú y yo podemos saber, al igual que todos los que lleven este mensaje, que con todas mis deficiencias e iniquidades, mi oración es aceptada, porque El llevó la iniquidad de mis cosas santas. Es la bendita verdad de la sustitución. Esta es la manera de Dios de hacernos santos. El sacrificio del adorador israelita es santo y aceptable en virtud de la santidad de otro.

La sombra del Antiguo Testamento nunca puede manifestar adecuadamente la habilidad del Nuevo Testamento con su plenitud de gracia y verdad. La santidad de Jesús no sólo es impuesta, sino impartida, porque estamos en El. En el Antiguo Testamento, esta santidad era impuesta, pero no era impartida; pero ahora yo estoy en El, y esta santidad es impuesta pero también impartida en mí, y por esto yo soy santo, porque El es santo.

El nuevo hombre del cual ahora nos hemos vestido ha sido creado en verdadera santidad. No sólo somos considerados personas santas, sino que somos santos; “Porque el que santifica y los que son santificados, de uno son todos; por lo cual no se avergüenza de llamarnos hermanos…” (Hebreos 2: 11). Es nuestra unión viviente con Cristo lo que nos hace santos. Así que cuando el enemigo nos quiera desanimar señalándonos nuestras imperfecciones, o pecaminosidades, lo único que necesitamos hacer es cubrirnos con la santidad de Jesucristo, nuestro Sumo Sacerdote. Esta es la manera de Dios de hacernos santos. No hay otra forma. No sólo el lugar santo, sino personas santas también. El enemigo querrá señalarnos, pero nosotros le declararemos: “Cristo llevó la iniquidad de mis cosas santas, mi oración, mi fe, y mis ofrendas”. Yo puedo acercarme ahora confiadamente y con valentía al trono de la gracia. Yo soy santo porque mi santidad es Su santidad. Vive de esta manera. Camina en esta fe, y el avivamiento que buscas, estará siempre presente.

 

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