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Lección 12.- Soldados

Lección 12.- Soldados

Nosotros somos el pueblo a quienes los fines de este siglo ha venido. Estamos viendo que están ocurriendo esas cosas, y la respuesta a la pregunta, ¿qué tipo de personas debemos ser? es que debemos andar de una manera santa y piadosa. ¡Ser gente con visión, gente consagrada! ¡Tenemos que ser un pueblo valiente y compasivo! El título de este capítulo es el que Dios da a esta clase de creyentes, Soldados.

Leemos en 2 Timoteo 2: 3-4: “Tú, pues, sufre penalidades como buen soldado de Jesucristo. Ninguno que milita se enreda en los negocios de la vida, a fin de agradar a aquel que lo tomó por soldado”.

Lo primero que tú y yo tenemos que aprender muy bien, y siempre tenerlo presente, es que la Iglesia no es una democracia. La Iglesia es un gobierno militar. Es un gobierno en el cual no puedes elegir y aún estar bien. El Señor Montgomery, el Mariscal de Campo bajo las órdenes de Eisenhower en la Segunda Guerra Mundial, era un cristiano nacido de nuevo. Un hombre le preguntó en una ocasión, “General Montgomery, ¿cómo interpreta usted, la gran Comisión?”. El instantáneamente respondió, “Si eres un militar, tú no interpretas esto, tú la cumples”. En una democracia un hombre puede elegir y puede aún estar bien. Los militares no tienen elección.

Somos soldados en el ejército de Dios. No estábamos reclutados, pero después de haber ingresado, vinimos bajo Sus órdenes. ¡qué rápido cambian las cosas! Cuando empezó la Segunda Guerra Mundial me uní a la Marina. Yo sentí que debía de ingresar ahí y pelear por mi país. Fui a la oficina de correos y me uní a ellos. Después que hice el juramento en la oficina, todo cambió. ¡Todo cambió!; antes de esto eran personas muy amables. Me daban un comprobante que servía para conseguir algo de comer, me trataban maravillosamente; pero desde el momento que hice el juramento todo cambió. Me hicieron saber que mi padre podría haberme engendrado, mi madre me había dado a luz, pero el gobierno me acababa de comprar. Ya no me pertenecía a mí mismo.

Toda la Biblia se dirige a los soldados y la Iglesia tan temible como un ejército con banderas. Estamos en una guerra, el infierno quiere destruirnos, y la única esperanza es la Iglesia que sea militante. Ya he compartido en otro capítulo sobre el obispo Washington y los predicadores militantes. No la voy a repetir, pero esto es lo que se necesita en esta hora. Permitamos que la Iglesia sea realmente la Iglesia, y entonces va a traer la atención del mundo. Los hombres escuchan a lo que ellos temen.

La Iglesia en la tierra está bajo órdenes. No somos de este mundo, pero estamos aquí para establecer un punto de avanzada. Donde sea que haya una Iglesia, ahí está establecido el reino de Dios. Jesús dijo: “Como mi Padre me dio un reino, así yo les doy un reino”. No es otro reino. Cuando nosotros tomamos un territorio, al plantar una Iglesia para que sea el reino de Dios, entonces todo el infierno se desata. No es extraño que trataran de matar a Pablo, Pedro, Santiago y Juan: ellos decían por su presencia, este ya no es más territorio del enemigo; este es el reino de Dios, por el hecho de que estamos aquí. Nosotros no somos los intrusos: la tierra es del Señor.

La gracia barata que se vende actualmente en el mercado de la religión es una deshonra para Dios y Su reino. Los hombres dicen, “Si tienes problemas, entonces es porque estás fuera de la voluntad de Dios”. Este Libro dice que si no tienes problemas, entonces has perdido el Reino. Si el diablo te está disparando, esto sólo significa que eres una amenaza para él. Dejemos que la Iglesia avance y le diga al diablo, “hemos venido a reclamar lo que Adán te entregó. Vamos a batallar contigo en el mercado, por las calles, en la Iglesia y en nuestras escuelas”. El infierno va a tomar represalias. No te equivoques, cuando tú y yo nos paramos y declaramos que la Iglesia va a ser la Iglesia, cuando vayas a tu comunidad y te pares y digas al diablo que has venido para reclamar el territorio, tómalo por sentado que el infierno va a dar golpe por golpe.

David dijo que la nación que se olvide de Dios se volverá un infierno. Esto no significa que tú vas a ser lanzado en el lago de fuego en ese momento. Significa que la naturaleza es cambiada. Esta naturaleza se convierte en un infierno. Quién puede dudar que esto es lo que pasa en nuestro país. Tú y yo somos llamados por Dios para cambiar esto. Pablo dijo que suframos penalidades; no dejes que los frágiles religiosos te digan que no tienes que enfrentar al diablo: el está derrotado, pero esta derrota debe hacerse cumplir.

Hay tres cosas que se necesitan para ser un soldado: Fidelidad, coraje y disciplina. Primero que todo, “…que cada uno sea hallado fiel” (1 Corintios 4: 2). Dios está buscando fidelidad. La fe en su significado más profundo es ser fiel a Dios en toda circunstancia de la vida. En la Segunda Guerra Mundial si me hubiesen encontrado en el campo del enemigo, hubiera sido asesinado por colaborar con él. Hay muchos cristianos jugando con el mundo, que es el enemigo de Dios. La mundanalidad no es sólo una apariencia, es ser influenciado por el sistema. En Vietnam, vi a jóvenes que habían sido criados en ambientes pentecosteses, pero sin embargo en 30 días el enemigo los derrumbaba moralmente. Su problema fue que fueron criados en una iglesia que, por su acción, decía que el mundo no es un enemigo, sólo un amigo mal entendido. Vinieron personas de Nashville, Hollywood y Las Vegas, que cantaban en la iglesia el domingo, y en Las Vegas el lunes. No fue extraño que cayeran. La fidelidad es un compromiso a una causa. El soldado debe creer que la causa es más grande que él mismo.

Nos comprometemos con lo que creemos. El psiquiatra dice que somos producto de los hechos de nuestro pasado. Te puedo decir lo que somos: somos producto de nuestra voluntad y nuestra voluntad es gobernada por nuestro amor o la falta de amor. Estoy casado hace cuarenta años; nunca he sido infiel a mi esposa en todos estos años. Durante tres años de ese matrimonio yo no era cristiano. Fue mi amor hacia ella lo que me mantuvo fiel. Es nuestro amor a Dios que nos mantiene ahí, fieles a El bajo toda circunstancia.

Cuando haya acabado todo, la Biblia dice que nos mantengamos firmes. Estaba una vez en una sección de ametralladoras. Llegue a ser sargento algunos meses antes que obtuve el suficiente puntaje como para regresar a casa. (Después hablaremos de eso.) Habíamos estado en la Isla de Pellielu, y una gran parte de mi batallón había muerto; pero cuando volvimos, nos dieron reemplazos, y uno de los reemplazos que me dieron, era un joven marino de Alabama. Yo aprendí lo que era ser un cristiano por medio de él. En ese tiempo yo no era cristiano; no sabía nada acerca de Dios. Conocía mucha gente ahí que decían ser cristianos, bautistas, metodistas, y otros; ellos iban a la iglesia cuando tenían la oportunidad, pero cuando regresaban tomaban el mismo licor que yo y andaban con mujeres. Sabía que era tan religioso como ellos, nunca me impresionaron. Pero este joven tenía un Nuevo Testamento y medía como 2 metros; diría que usaba saco talla 40, y pantalones de 70 cm. El era todo lo que puedas pensar que puede ser un hombre físicamente. Tenía unos dieciocho años. Le asigné su tienda. Cuando todos estaban ubicados, me fui a mi tienda; no había pasado mucho tiempo cuando vino uno de los hombres de esta tienda y dijo, “Sargento ¿qué vamos a hacer con ese joven que nos has dado?” Pregunté, “¿Qué quiere decir, qué van a hacer con él?” “Bueno, él vino, y después de presentarse, lo primero que hizo fue sentarse y comenzar a leer la Biblia. Bueno, no la leyó en voz alta, no nos molestó mucho con esto, pero cuando la cerró, se volteó, se arrodilló y empezó a orar. Usted puede escucharlo afuera de la tienda. Venga escúchelo ¿Qué vamos a hacer?” Dije: “Bueno, no tenemos restricciones con la oración. No hay nada que pueda hacer sobre esto”. Al siguiente día yo había perdido un poco de dinero en un juego de azar en la calle, bajo esos árboles de coco, y estaba muy molesto. Y cuando me iba, vi a este joven sentado bajo el árbol de coco leyendo el Nuevo Testamento. Le dije algo ofensivo, no recuerdo lo que fue, pero puedo decirte que sí recuerdo lo que él dijo; se puso de pie, tenía ese pequeño Nuevo Testamento, y tenía una pequeña cinta para guardar su puesto en esa Biblia. El puso esta pequeña cinta en su lugar, guardó el Nuevo Testamento en su bolsillo muy cuidadosamente, abotonó su bolsillo, luego puso su dedo en mi nariz y me dijo, “Sargento, ni usted, ni la Marina me separará del amor de Dios que es en Cristo”. Conocí un soldado cristiano ese día. El era fiel a su Cristo; ni yo, ni los militares lo separarían de El. Un soldado debe ser fiel.

La segunda cosa es valentía. Debe ser valiente. Valentía nacida de una convicción. Hay una diferencia entre tener miedo y ser un cobarde. Los cobardes no pueden ser soldados. Se necesita más valentía para vivir correctamente, que para pelear en la guerra. Yo pasé 30 meses y un poco más en el Océano Pacífico. Vivíamos en trincheras, comíamos lo que encontrábamos por ahí, a veces, vivíamos como animales. Esto era enfrentar la muerte. Yo no sabía exactamente qué haría cuando enfrentara al enemigo. Te puedo decir que tenía miedo pero me quedé. Se necesita más valor para pararse y decir a un mundo que está loco, que yo no voy a ser parte de ese sistema, que lo que me costó permanecer 30 meses en el Pacífico.

Crecí en una pequeña comunidad, y el miedo más grande que tenía fue el temor de lo que yo haría en la batalla. En el camino a la batalla, había un joven que fue al servicio militar conmigo. El tenía tatuado en su hombro una calavera con huesos cruzados, y debajo de esto tenía el lema: “muerte antes del deshonor”. Yo lo miraba; decía, “ojalá que yo tuviera la misma valentía.” Pero la última vez que lo vi, le estaban leyendo su sentencia por 20 años en una prisión militar por haber desertado. El coraje es más que un tatuaje en tu hombro. Este coraje es nacido del amor.

Mi hija, cuando se estaba criando, era la niña del ojo para mí. La vida de mi vida. Pero ella siempre fue miedosa. Siempre le tenía que dejar una luz por las noches, porque siempre cuando se levantaba, tenía que tener esta luz prendida. Bueno, ella no era la persona más valiente. Pero luego ella se casó y llegó mi otra niña, mi nieta. Cuando recién nació, por supuesto como todas las muchachas, mi hija vino a la casa de su mamá con la bebé. Ella tuvo un tiempo bien difícil. Teníamos cultos cada martes y jueves; era jueves en la mañana y dejamos a ella y su bebé en casa. Tenía seis semanas de edad o quizás menos. De cualquier manera, recibimos una llamada estando en el culto. Un hombre había ido y tocado la puerta. Mi hija miró y ella sabía que no iba a abrir la puerta. El tocó la puerta, cruzó la calle y observó un momento, volvió a la parte posterior y no había nadie ahí, (ella lo estaba observando). Luego él forzó la puerta del garaje y entró. Cuando pasó por la puerta del garaje a la cocina, mi hija se paró ahí con un revolver magnum 357 y le dijo: “si usted da un paso más, se muere”.

¿Qué le dio a esta linda joven tal coraje? El amor por su pequeña hija de seis semanas que estaba ahí, y este es el coraje o valentía que necesitamos para seguir adelante. Tener coraje bajo las peores circunstancias. Lo que nos impulsa debe ser nuestro amor a Dios y a Su causa. Si pierdes ese primer amor, luego vas a desviarte de lo que crees. Esto es lo que le pasó a Pedro cuando seguía al Señor de lejos. El negó al Señor. El coraje nace de amor.

La tercera cosa que se requiere en un soldado es la disciplina. La disciplina es una palabra molestosa en esta generación. Estamos en un era desenfrenada. La rebelión abunda y todos hacen lo que les parece bien a sus ojos. Pablo escribió, “El amor de Cristo me constriñe”; esto es, me disciplina. El Espíritu Santo le había dicho: en todo lugar que vayas te van a encarcelar, te van a golpear y maltratar; frente a todo esto, él dijo: El amor de Cristo me disciplina. La disciplina es la diferencia entre el ejército y una turba.

Estuve en entrenamiento durante doce semanas cuando me uní a la Marina. Podía disparar un rifle, y pensé que estaba preparado ya para ir a pelear. Pero durante esas semanas en ese entrenamiento, estuvimos alineados, saliendo de las filas, levantándonos, marchando, parándonos y moviéndonos. “¿Qué están haciendo?” dije, “Yo debería estar en guerra. Aquí estoy en un desfile. ¿Qué están haciendo?” Están haciendo una máquina de mí. La finalidad del entrenamiento, es obediencia instantánea. No tengo que pensar: izquierda es izquierda y derecha es derecha. Cuando atacamos esa primera playa, valió la pena el entrenamiento. Venimos cargados y los proyectiles comenzaron a bajar en esta playa, los aviones bombardeaban y el comandante dijo: ¡Bájense! Todo hombre que preguntó “¿qué dijo?”, no está aquí para hablarnos. No está aquí para hablarnos hoy. Aprendimos de la obediencia instantánea. Esto es lo que es la disciplina. Tiene que estar en la vida de un soldado.

La disciplina es una cualidad de vida que me da valentía. La disciplina nace de un compromiso. El compromiso a cualquier cosa que no sea Cristo trae temor. No pueden quitar a Cristo de mí. Pueden quitarme todo lo que tengo, pero no a Cristo, entonces mi disciplina a Cristo vence el temor. Pero luego finalmente, pueden esperar tres cosas como soldado: dificultades, una oportunidad para pelear, una parte de la victoria. Primero veamos las dificultades. No escuches esta débil voz que niega las luchas. El entrenamiento es duro, intenso. La experiencia del entrenamiento debe eliminar lo indeseable. Vi a hombres en el entrenamiento que regresaron a sus hogares porque no pudieron soportarlo. Son las pruebas de la vida que determinan si tú vas a ser parte de él. Comprendamos que las pruebas de la vida son necesarias. La Biblia dice que muchos son llamados. Con el nuevo nacimiento tú eres llamado. Pero pocos son escogidos. Son eliminados a través de las pruebas y luchas de la vida. Es intenso y largo, pero paga dividendos al final.

Había una Escuela Bíblica en Africa y un francés me preguntó diciendo: “señor, si usted estuviera encargado de esta Escuela Bíblica, ¿qué haría?” Le dije: “Primeramente, haría la disciplina y el plan de estudios de tal forma que si la persona no ha sido llamada, se regresaría a su casa”. Así es el servicio militar. Dios nos entrena, y si El no puede hacer un soldado de tí, te dejará, porque no eres de beneficio para El.

Escuché a un predicador ridiculizar a Pablo por rehusar llevar a Juan Marcos con él. Pero yo te digo que Pablo lo llevó una vez, y bajo fuego lo dejó. Y Pablo está diciendo, “vas a tener que ser probado hijo, antes que vayas otra vez”. Luego llevó a Juan Marcos, pero Juan Marcos tuvo que ser probado. Debemos esperar dificultades.

En segundo lugar, vas a tener oportunidad para pelear. Los soldados van a la guerra, nosotros estamos en guerra, el infierno quiere que retrocedas si no puedes ser tumbado. Si es posible, tú serás tumbado. Un poco después del entrenamiento, fuimos enviados a Okinawa en el primer ataque al enemigo; vimos lo que era; pasamos treinta y tres meses en el Pacífico. Vivíamos como animales, dormíamos en huecos, comíamos lo que agarrábamos de los japoneses, cabeza de pescado y arroz. Si eres soldado no siempre te vas a alojar en el Hilton o vas a comer un bistec. He vivido hasta ver un Evangelio predicado que hace del cristianismo un lujo. La fe está siendo demostrada por las cosas que se poseen. ¡Qué tragedia! El 90 % de la Novia nunca ha tenido agua en casa. En la guerra, la provisión puede ser menos que lo suficiente que en otras veces. Así ocurrió con el hermano Bunyan. El estuvo doce años en una prisión de Bedford. Gran parte del tiempo en una celda donde no se podía sentar porque era muy estrecha. Su espalda tocaba la pared y sus rodillas el frente. Casi nunca sacaban el excremento de su celda. Un sacerdote endemoniado le traía su comida todos los días, comida de chanchos. Y le decía, “Bunyan, si tú niegas tus creencias y te retractas, podrás salir de aquí”. El siempre le respondía, “¿Por qué querría salir? En cualquier parte donde Cristo este es un reino para mí”. Los soldados no se hacen en las fiestas de niños. Se necesita fuego para formar soldados. Se dijo de José en ese calabozo que el hierro entró a su alma. Vas a enfrentar a los enemigos. Cuando esto ocurra, entonces tú sólo da tu nombre, rango y número de serie. Los tres jóvenes hebreos que rehusaron inclinarse, no se quemaron. Dios está diciendo que vas a tener tiempos difíciles, pero vas a tener la oportunidad para pelear.

En tercer lugar, vas a ser parte de la victoria más grande que el mundo jamás haya conocido. Hemos tratado de conservar a los jóvenes en la Iglesia con fiestas y juegos, y hemos gastado billones en lo que se llama, “Centros de Vida Familiar”, que no son sino lugares de entretenimiento, en nuestro esfuerzo por tratar de conservar a los jóvenes en la Iglesia. Vemos gimnasios en la mayoría de las iglesias. Es un testimonio de cómo hemos rebajado a Cristo. Hemos debido de llenar sus bolsillos con folletos y ponerlos en primera fila. Cuando Garibaldi pasó por Italia a las dos de la madrugada, él se acercó a los jóvenes que estaban en las esquinas, y les decía, “síganme”. Y los jóvenes le preguntaban, “¿qué nos vas a dar?” Y Garibaldi les decía, “noches frías, estómagos hambrientos, pies sangrantes, pero una parte en la más grande victoria que su nación jamás ha conocido”. Todos lo siguieron. Cuando llegué al Pacífico, no tenían planeado traernos a casa tan rápido; íbamos a estar un largo tiempo. Pero después de dos años y medio regresamos de Pellielu; sólo ochenta de mi batallón pudieron subir al barco. Nos llevaron a las Islas Pellielu y descubrimos ahí que el Congreso de los EEUU habían hecho un plan que si teníamos suficientes puntos, podiamos regresar a casa. Yo había estado ahí dos años y medio. Mencionaron mi nombre junto con otros. Fuimos ahí y nos dijeron, “hemos hallado que han ganado suficientes puntos y pueden regresar a su casa, ¿pueden estar en los muelles a las ocho de la mañana?”. Te digo que estuve ahí mucho antes de las ocho de la mañana con mis pertenencias. ¡Me voy a casa por fin! Abordamos ese viejo barco carguero que habían convertido en un transporte de tropas. Todas las literas estaban en el fondo. ¡Hacía un calor! El Hades no estaba a 3 metros de ese lugar. Abordamos y empezamos un viaje de 28 días de vuelta a casa. Parecíamos vagos. Estábamos quemados con ese sol terrible. Habíamos vivido y peleado; yo parecía un esqueleto. Pero llegaríamos a casa en 28 días. Lavé un viejo juego de kakis, una ropa y una camisa en agua salada. Si tú nunca lo has hecho, no has experimentado qué es la vida realmente. Las hice secar, las puse sobre mi litera y dormí sobre ellas. Los tenía como una pequeña almohada sobre esta lona; las estuve planchando, para que cuando llegara a casa me vería lo mejor. A los 28 días llegamos. No había visto tierra ni nada. Subí al muelle en ese veintiochoavo día, miré y había tierra. Le dije al marinero en el muelle, “¿Qué es esto?”. El dijo: “Es California”. Bajé a mi litera. California parecía el cielo para mí. Podía haberme echado al suelo y adorado en ese momento, estaba tán contento. Dijeron por el alto parlante que los marineros que volvían a su casa seríamos los primeros en desembarcar. Bajé, me alisté, avisé a los hombres que se alistaran, (yo era el oficial a cargo de todo esto), que vayan al muelle, porque íbamos a ser los primeros en bajar a tierra. Me puse ese terno y no lo podrán creer, las arrugas aún estaban ahí, mi pañuelo parecía un cordón de zapatos, pero no importaba. Me iba a casa. Bajamos con mis compañeros.

Cuando ese viejo barco desembarcó en aquel puerto de California, bajó sus tablones, y nos dijeron que desembarquemos; yo recuerdo que marchamos y llegamos al tablón, y cuando empezamos a bajar, a mi derecha había una banda naval grande, blanca, con la canción de la Marina, y decía, “Desde las paredes de Montezuma a las orillas del Tripole, pelearemos la batalla de nuestro país, por tierra y por mar”. Salí del grupo de personas y fui a las calles de esta ciudad. Habían personas dándonos la bienvenida a casa. ¿Sabes?, yo hubiera regresado para ingresar a la Marina otra vez, hubiera regresado al barco. Hubiera estado otros dos años y medio sólo por la victoria de ese momento. Esto hacía que todo haya valido la pena.

Déjame decirte que hace más o menos 45 años atrás, yo abordé el viejo barco llamado Sion. Yo subí a ese viejo Sion, de vuelta a casa. Y puedo decirte que en estos 45 años, este barco ha atravesado por aguas turbulentas. He dormido en cuartos de Escuela Dominical, he comido las sobras, he vivido al punto que no tenía suficiente dinero para saber si mi familia iba a comer al día siguiente, o no. He dormido en peluquerías, he predicado sin recibir nada, y este viejo barco alguna vez parecía como que nunca iba a lograr su proposito, y puedo decirte, está por tirar el ancla en el puerto de Dios. Tú y yo vamos a caminar por esas calles. Creo que todo ya está hecho, que ese coro nos va a saludar; David y la música del cielo nos van a dar la bienvenida a casa.

Cuando caminemos por esas calles de oro, van a haber miles de millones de ángeles al otro lado en hilera, para darnos la bienvenida a casa. Nosotros, con Pablo, diremos que todo habrá valido la pena, todo, cuando veamos a Cristo. Para lograr esto se necesita fidelidad, coraje y disciplina.

 

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