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La Escuela se trata de vida. Aunque el conocimiento acabado y la doctrina están incluidos en nuestro aprendizaje, éstos son nada sin la vida de Cristo manifestada en el creyente.

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Lección 6.- Compromiso

Lección 6.- Compromiso

 

Debemos ser la puerta, el ministerio a través del cual Dios pueda derramarse en cualquier área o parte de este mundo, a donde El nos llame. Ya sea pastor, evangelista, o lo que sea, debemos ser la puerta, esa puerta a través de la cual Dios pueda trabajar, tanto para derramarse a través de ella, como para atraer a través de ella hacia sí mismo.

En 2 de Timoteo 2: 1-4 dice, “Tú, pues, hijo mío, esfuérzate en la gracia que es en Cristo Jesús. Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros. Tú, pues, sufre penalidades como buen soldado de Jesucristo. Ninguno que milita se enreda en los negocios de la vida, a fin de agradar a aquel que lo tomó por soldado”.

La única esperanza para la civilización es la Iglesia. Eso no es adivinar, conjeturar, eso es la verdad. No existe ninguna razón para la civilización fuera de la Iglesia. ¿Qué razón habría para suponer que nuestra civilización en contraste con aquellas que nos precedieron, permanecerá? La persona que no ha afrontado esta pregunta está apenas viva. A lo largo de todo el mundo estamos excavando las ruinas de las civilizaciones antiguas, muchas de ellas aparentemente tan avanzadas, en muchas formas, como nosotros. Ellos vinieron, vivieron, y murieron. ¿Qué te hace a tí y a mí pensar que sería diferente ahora? Que muchas formas diferentes de vida hayan florecido y luego declinado y desaparecido, no se puede contradecir. Consecuentemente, no hay probabilidad real de que el destino de nuestra civilización será diferente, “a menos que”. Y el caracter preciso de este “a menos que” es la pregunta más urgente.

Un análisis detallado del pasado nos revelará que ni el éxito material, ni el tecnológico, es suficiente para resistir o aún sobrevivir. La vida siempre va a descender, cualquiera que sean las condiciones físicas existentes, a menos que exista una fe relevante, y no simplemente cualquier fe. Esta fe tiene que tener ciertos aspectos, y debe ser mantenida con integridad intelectual y dedicación por grupos de gente conscientes. Aquí hay una pertinencia crucial a lo que generalmente llamamos la Iglesia, dado que la resistencia requiere tanto del Espíritu como de la comunión.

Ahora, no hemos dudado en decir que el vaso que Dios está forjando y formando, es la única esperanza. Ninguna civilización fracasó alguna vez a no ser que la Iglesia haya fracasado, y nunca ante se ha recuperado nada a no ser que la Iglesia haya sido recuperada. Hemos estado tratando con este vaso y la estrategia de Dios para estos últimos tiempos de traer la renovación del vaso a través del cual El pueda derramarse en este derramamiento del Espíritu Santo de los últimos días. No se gana nada sin el Espíritu, y el Espíritu no puede ser mantenido por individuos divididos; por lo tanto, tiene que existir la comunión. Por consiguiente, la Iglesia debe ser estimada, examinada, nutrida y reformada. La Iglesia de Jesucristo con todas sus fallas, manchas y divisiones, es nuestra única esperanza. Ahora bien, Dios se toma el trabajo de llamar gente como tú al ministerio. Y la Biblia dice que El constituye a algunos apóstoles, a algunos profetas, a algunos evangelistas, a algunos pastores y maestros, ¿para qué? Para perfeccionar a los santos, y edificar el cuerpo de Jesucristo. El interés de Dios siempre fue ese cuerpo que llamamos la Iglesia, porque cuando ese cuerpo está bien y está funcionando en el propósito de Dios, entonces la sociedad, como un todo, experimenta las bendiciones que vienen de Dios. No es que toda la sociedad vaya ha ser salva, sino que El hace llover sobre los justos, como también sobre los injustos. El ser llamado por Dios al ministerio de edificación, construcción, y perfeccionamiento de ese cuerpo, es ciertamente una responsabilidad que es incalculable.

Asumiendo entonces la necesidad de la Iglesia como una sociedad redentora, necesitamos hacer algunas preguntas en cuanto a la Iglesia existente. Primeramente, ¿ha perdido la sal su sabor? Ten en mente que la condición de la sociedad es ampliamente un reflejo de la condición de la Iglesia. Sin duda, la Biblia dice que somos la luz del mundo. La seriedad de la condición está mayormente escondida para nosotros a causa de ciertas señales, éxito superficial al cual siempre podemos recurrir para consolarnos, si así lo queremos.

Es posible encontrar consolación en : 1. Membrecía de la Iglesia. Sólo viendo esto, vemos que la membrecía de la Iglesia es elevada, está floreciendo, entonces nos consolamos a nosotros mismos pensando que las cosas deben estar bien. 2. Asistencia. Nuestro Dios tiene que ser cierto tipo de comité. ¿Cuántas personas vienen aquí, y cuál es la asistencia? Le preguntamos a una persona, ¿cómo está tu iglesia? “Bueno, estamos un poco bajos”. Eso no tiene nada que ver con la espiritualidad, pero es el criterio.

3. Programas de edificación. Vas a una ciudad, conoces a un pastor ahí, quizás nunca has estado ahí, pero la primera cosa que él quiere hacer es enseñarte su iglesia. ¿Qué hace? El te lleva al otro lado de la ciudad a un edificio. Quizás es bonito, quizás recién lo acaba de edificar, pero él puede apoyarse en esto, “la iglesia está avanzando maravillosamente”. “Hemos pagado esta deuda”, o “conseguimos un buen precio”, o “no nos costó mucho”. Es importante reconocer, sin embargo, que algunos de los motivos para construir esos edificios están muy lejos de los motivos de una sociedad redentora. En algunas áreas los edificios ministran al orgullo; esta es la razón por la que nos apresuramos en construirlos y mostrarlos. La idolatría del edificio de la Iglesia, es uno de los peligros reales de nuestro tiempo. El hecho de que la Iglesia y el edificio se confunden en el sentido popular es asqueroso y debiera revelarnos algo sobre este asunto.

Cuando se hace la pregunta, ¿la sal ha perdido su sabor?, no debemos permitir que nuestra respuesta sea desviada por ninguna de esas señales que recibimos. Quizás una de las mayores señales de la declinación es la aceptación pública total de la Iglesia. No podemos tener una reunión pública, aunque sea secular, sin una representación religiosa. Jesús es patrocinado y no adorado, y en la predicación de hoy en día, estamos llamando a la gente a Cristo, y todo lo que les estamos pidiendo es que agreguen Jesús a lo que ellos son.

Cuando tú hablas sobre la renovación de la Iglesia, nada de esto tiene nada que ver con ella. Los grandes políticos, las estrellas de cine, profesan el Cristianismo, sin embargo no se ve ningún cambio en sus estilos de vida, y la religión piensa que esto es grandioso. Uno de los más grandes cantantes de música country, una de las reliquias, y casi un ídolo de ese tipo de entretenimiento, se convirtió a Cristo, entró a la Iglesia; él estaba grandemente convencido de que él tenía que salir de tal negocio. Fue donde su pastor para hablarle acerca de esto, y el pastor le aseguró que él debía quedarse, que quizás él sería capaz de testificar a muchos, mucha más gente. El problema con el pastor, era que él estaba viendo los dólares por el diezmo que venía de ahí. Pero el final de esto fue que el cantante dejó a Dios; al final, se perdió. Es blasfemia la idea de que un pastor pudiera tratar de hacer que este nuevo creyente creyera que él podía mezclar el mundo con esta vida de Cristo; es ilógico, porque estas dos cosas no son compatibles de ninguna manera.

Una mirada a la historia nos revela que el mundo acepta el Cristianismo sólo después que su vida y vitalidad se hayan perdido. Constantino no abrazó al Cristianismo del aposento alto. Cuando el mundo llegue a ser parte de la escena en estas cosas que acabo de mencionar, nos demuestra que la sal ha perdido su sabor, ya no preserva o convence, ni trata con el espíritu del hombre en ninguna forma. Cuando el mundo viene a ser parte de esto, añade Cristo a lo que es, ningún cambio es hecho en su vida, y esto es aceptado como algo bueno por los líderes actuales, esto nos dice que la sal ha perdido su sabor.

Quiero tratar con la razón para una evaluación honesta. Yo no digo que la Iglesia esté peor que antes, cosa que puede o no ser verdad, pero yo te digo que ella está más débil que lo que debía estar. Ese es el lugar de donde empezamos. No es nuestro asunto tener que decidir, o aún intentar decidir si es que la Iglesia está peor que antes; pero es de infinito valor para nosotros cuando descubrimos que la Iglesia está más débil que lo que debe estar, y que no estamos siendo lo que Dios quiere que seamos en nuestra totalidad. El verdadero problema no es si es que nuestra fe ha declinado, sino qué se puede hacer para vivir con vitalidad otra vez.

Yo sé que reconoces que algo está faltando, y que Dios está tratando de decirte algo, y que tu corazón ha sido conmovido mientras leíste el libro de los Hechos; mira la Iglesia cuando nació, lee a lo largo de la historia cuando el avivamiento inundó esa Iglesia, cómo se levantó de las cenizas, del declive, y llegó a ser una potencia en la sociedad. Tu corazón reconoce que algo tiene que ser hecho, y te preguntas, ¿cómo aplicaremos esto a nuestra sociedad contemporánea y su urgente necesidad? Yo creo que esa es la pregunta clave si es que nosotros vamos a mover algo, hacer algo; esa pregunta debe agarrarnos.

El propósito de tener este capítulo en esta serie (quizás tú creas que no encaja aquí), es de alguna forma ver dónde estamos, para poder ir más adelante, usando los poderes que de otra forma serían desperdiciados. Qué tragedia es ver que tanta gente proclama ser llena del Espíritu Santo, y sin embargo no hace ningún impacto en lo absoluto en su sociedad. Hace unos años, en la portada de uno de los periódicos más prestigiosos del mundo, el “Wall Street Journal”, tenía un artículo cuyo título decía: “Una nación en avivamiento, y sin cambio”. En ese artículo, el escritor secular del periódico habló algo de los avivamientos del pasado. El mencionó a Wesley, Finney, Moody, y otros avivamientos, y al verlos la conclusión fue que esos avivamientos no sólo afectaron a la gente envuelta en ellos, sino que tuvieron un gran poder de restricción sobre la sociedad como un todo. El concluyó que el movimiento religioso del presente día que llamamos avivamiento, no afecta a la gente envuelta en él, y no tiene absolutamente ningún efecto sobre el mundo.

El realismo y el idealismo, ambos se necesitan y se necesitan juntos. La Iglesia debe tener soñadores, pero esos soñadores deben ser forzados a afrontar la realidad. José soñó. El por qué de el entrar en el realismo sobrio siempre es que, sin éste, no hay posibilidad real de avance idealístico en el futuro. A pesar que han habido grandes triunfos, así como pérdidas en la Iglesia moderna, yo creo que es, en este tiempo, más beneficioso recalcar la pérdida, porque nuestro interés está en el movimiento final de Dios en los postreros días. Y si yo creo algo en esta tierra, yo creo que yo he sido llamado por Dios mismo para ser participante de este propósito. Debemos agarrarnos de esto, y concentrarnos por el momento en las pérdidas, porque cuando sabemos lo que afrontamos, podemos ver cómo puede ser provisto un cambio. Al conocer esto podemos evitar estancarnos en nuestra complacencia.

Tenemos que tener una fe resistente como la de Ezequiel. No importa lo seco que puedan estar los huesos, porque el aliento puede venir sobre ellos y pueden vivir. Si yo no puedo creer eso, entonces no hay lugar para mí en esta gran obra de Dios. Pero yo creo que el mismo hecho de que las cosas parezcan estar tan oscuras, es la señal más evidente de que es el momento que Dios actúe, porque siempre fue en momentos así que el avivamiento llegó.

Ahora bien, mucha de la tragedia presente se basa en el hecho de que muchos de los que quieren ser parte de la causa de Cristo, no se pueden sentir cómodos en cualquiera de los tres grupos principales del cristianismo, que incluyen: el protestantismo, el romanismo, o cualquiera de los grupos que los rodean. Muchos de ellos, a pesar de que quizás no son salvos, sus corazones están conmovidos, y no se pueden sentir cómodos en ninguno de esos sistemas religiosos. Ellos buscan una comunión confiada, y lo que encuentran es una sociedad cómoda, interesada en sus propias políticas internas, o tan poco imaginativa como para sugerir que el mundo puede ser salvo a través de himnos y sermones. Parece que la aguja se atascó en una ranura. Parece que se rayó el disco. Muchos sedientos no pueden permanecer en la Iglesia porque la ven así. No es que la iglesia exija demasiado de su membrecía, sino que exige muy poco.

Hay una diferencia en el llamado de una institución y el llamado de un movimiento de masa. Hay una gran diferencia entre esos llamados. El llamado de una institución, ya sea religiosa u otra cosa, es una oferta para el avance del “yo”, a hacer lo mejor de tí mismo. Pero el llamado atrayente a un movimiento de las masas, ya sea religioso, avivamiento religioso, o una revolución de las masas del mundo, es un llamado para entregarte a una causa, a olvidarte de tí mismo por algo que es más grande que tú. Entonces la debilidad de la Iglesia no es que exige mucho a sus miembros, sino que exige muy poco. La mayor debilidad de la Iglesia moderna se puede calificar como la segregación calificada; la segregación de la vida común al estar limitado geográficamente a un edificio religioso. Piensa sobre esto. Pareciera como si creyéramos que el pastor encierra a Dios en un edificio en una parte de la ciudad, y nosotros, periódicamente, vamos y lo visitamos. Déjame decir esto otra vez, la segregación de la vida común por una geografía limitada, esto es limitar a tu Iglesia geográficamente a un edificio religioso.

Luego está limitada temporalmente por el énfasis en una reunión de hora y media, y en la mañana del domingo. Está limitado en el personal, al asumir que la religión es la responsabilidad de una clase especial, el clero. Permíteme un momento. Está limitada geográficamente, porque la hemos puesto en un edificio. Está limitada porque nuestro mayor esfuerzo, nuestro mayor énfasis es un servicio del domingo en la mañana de una hora y media. Está limitada en el personal a causa de la suposición de que la religión es la responsabilidad de una clase especial, llamada clero. El efecto destructivo es el mismo. Cuando creemos que el cristianismo es lo que sucede en un edificio, el daño viene en la perfecta tendencia natural de minimizar al cristianismo en otros lugares. No pensamos que es importante que nosotros seamos un testimonio para Cristo en el colegio, en el trabajo, en nuestros hogares, cuando lo limitamos geográficamente a un edificio de la iglesia. Cuando pensamos que el cristianismo es lo que ocurre los domingos en la mañana, la tendencia es suponer que lo que sucede durante otros días, en las empresas, oficinas, etc., no es igualmente religioso. Cuando pensamos en la religión como la responsabilidad profesional de los curas, rabíes, y hombres de clero, el mayor daño está en minimizar consecuentemente a todos los otros hombres y mujeres. El daño de encargar la responsabilidad a unos pocos profesionales, no importa lo dedicado que sean, es que se les da a los miembros ordinarios una libertad de la responsabilidad, la cual no tienen derecho de tener. Esa es la razón por la que dije que tiene que haber participación, si es que vamos a reedificar la Iglesia.

El mayor peligro del cristianismo contemporáneo, entonces, es que hace pequeño lo que debería ser grande. Al segregar el cristianismo en el espacio o el tiempo, o de personal, lo hacemos relativamente frívolo, interesado sólo en una parte de la experiencia, cuando debería estar interesado en la vida completa. Cuando la Iglesia significa simplemente un edificio, un tipo especial de servicio, o un hombre con una vestimenta particular, entonces la sal ha perdido verdaderamente su sabor. Es una representación totalmente distorsionada de Dios. En cuanto esto sea verdad, no sólo los miembros de la Iglesia, sino la Iglesia misma requiere una conversión radical. Exteriorment, parece que la Iglesia estuviera excelente, pero al examinar la situación más de cerca, desconcierta.

Nuestra posición es como la del Imperio Romano, cuando parecía estar en lo más alto de su gloria; tenía mucho espectáculo y poder en su centro, pero en realidad estaba perdiendo provincia tras provincia en los alrededores. Las provincias perdidas contemporáneas, son numerosas en lo que a la Iglesia se refiere, pero las siguientes son especialmente perturbadoras: Primero, es la educación elevada; aunque una vez la Iglesia estaba involucrada en el en nuestra cultura, esto no es la realidad hoy en día. Y si las universidades son terreno perdido, en cuanto a la fe cristiana no-apologética se refiere, lo mismo puede decirse de la juventud en general. La última provincia perdida es la labor organizada.

La prueba de la vitalidad del Cristianismo, es poder ver su efecto sobre la cultura. Cuanto más reconozcamos la profunda similitud entre nuestra cultura y la del Imperio Romano, más podremos ver el significado de un gran pasaje de la obra “Dr. Zhivago” de Boris Pasternak. Muestra que nuestra vergüenza es que la nueva Roma no está igualmente desafiada. Pasternak, escribió, “Roma era un mercado de dioses prestados y gente conquistada, un lugar de regateo doble: la tierra y el cielo. Una masa de asquerosidad enredada en un nudo triple, como en una obstrucción intestinal. Decianos, Herculeanos, Citianos, Samaritanos; ruedas pesadas sin rayos. Ojos hundidos en grasa, cachetes dobles, emperadores analfabetos, alimentados con la ignorancia de esclavos doctos, todos apretados en el pasaje del coliseo, todos miserables. Y ahí, en medio del montón insípido de oro y mármol, la Vida vino a la vida, la Vida vino vestida, vestida con un aura, enfáticamente humano, deliberadamente provincial; Galileo. Y en ese momento, los dioses y las naciones dejaron de ser, y el hombre vino a la existencia. El Hombre carpintero, el Hombre labrador, el Hombre pastor. El Hombre que no manifestaba ni un poco de orgullo. El hombre celebrado con gratitud en todas las canciones de cuna de las madres, y en las galerías de pintura de todo el mundo”. Jesús tiene que vivir, y vivir otra vez en Su iglesia.

Es difícil exagerar el grado en el que la Iglesia moderna le parece irrelevante al hombre moderno. La Iglesia es vista como algo que no necesita ser seriamente combatida, ni seriamente defendida: un edificio llamado Iglesia que es un lugar de bienvenida, o para una boda, o un buen lugar para que los niños vayan a la escuela dominical en donde aprendan algo bueno. El punto es que tales conceptos son completamente consistentes con la idea de que la Iglesia tiene sólo una importancia mínima. Mayormente, ya no esperamos encontrar el Evangelio centrado en una convicción ardiente, que hará que hombres y mujeres comunes y corrientes cambien sus ocupaciones, vayan hasta lo último de la tierra, alteren prácticas del gobierno, o cambien el rumbo de culturas. La Iglesia tiene que venir a ser una vez más, el lugar en donde Cristo es real.