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La Escuela se trata de vida. Aunque el conocimiento acabado y la doctrina están incluidos en nuestro aprendizaje, éstos son nada sin la vida de Cristo manifestada en el creyente.

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Lección 1.- Fe – El Don De Dios

Lección 1.- Fe – El Don De Dios

 

Leemos en Efesios 2: 8, “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios”.

Luego en Romanos 10: 17 dice: “Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios”. La fe es un atributo muy importante.

Hebreos 11: 6 dice: “…sin fe es imposible agradar a Dios…” Eso puede ser frustrante para aquellos que nunca permiten que las promesas de Dios se realicen. Debe quedar establecido que la Biblia es la palabra de Dios, la apropiación de las promesas es un asunto de fe y en ninguna otra base que la de la fe, Dios podrá operar por tí. Observa que en Efesios 2: 8 dice : “Fe es el don de Dios” (Paráfrasis). Estas declaraciones ponen a la fe en un terreno fuera de lo ordinario; la fe que nos salva no es la misma fe que nos saca de la cama en las mañanas. “Por gracia sois salvos por medio de la fe”; eso significa que si naces de nuevo, tú tienes fe. La fe que te salvó, la fe que te llenó, es la misma fe que estaba en el corazón de cada hombre y cada mujer de la Biblia. No hay diferencia entre la fe que tú tienes como hijo de Dios y la fe de Abraham, Moisés, Pablo, Pedro, Juan o Elías, la fe que está en mí y en tí como creyentes, es la fe que es un don de Dios, y es la misma fe exactamente que estuvo en todos los hombres y mujeres de la Biblia. Qué consuelo saber esto. Santiago dijo que Elías, el gran profeta de la fe en el Antiguo Testamento era un hombre sujeto a pasiones como yo. La fe no es una cosa mística ligada a los sentimientos de los hombres. No es algo que podemos ver, es mas bien lo que el hombre cree. Es creer lo que Dios es.

Hebreos 11: 6 dice : “…Porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan”, ahí habrás encontrado fe real. Esto tiene que hacer cambiar a este pensamiento terrible, apóstata y erróneo del así llamado “movimiento de fe” donde tratan de manipular a Dios repitiendo un texto bíblico. Tiene que ser puesto en línea tal como es. La fe tiene que ser redefinida. Hemos sido guiados a creer que los hombres de la Biblia fueron de una diferente clase que nosotros, pero el apóstol Santiago desvanece esta mentira. El dijo que Elías fue un hombre sujeto a pasiones como nosotros; Elías, entonces tenía los mismos temores, dudas, y frustraciones que yo tengo. Lo mismo que me persigue, lo perseguía a él, pues nació de una mujer; él era carne y sangre, tuvo una naturaleza vieja y tenía la misma tendencia a dudar. Elías tuvo todas las posibilidades de ser un fracaso; sin embargo a través de la fe, él fue victorioso. Su fe era la misma fe que está en los corazones de los que hemos nacido de nuevo.

En mi iglesia había un joven que tenía llamado para predicar. El temor del fracaso lo perseguía. El recordaba todo acerca de todos los que él conocía quienes habían empezado a predicar y habían fracasado. Todos los que han sentido el llamado tienen los mismos temores, todos tienen las mismas posibilidades para tener éxito y fracasar. El asunto es que algunos eligen mal. El segundo llamado de Moisés en la zarza que ardía fue un momento muy interesante. Tú puedes recordar que él sintió el llamado en Egipto. Aquí tenemos a un hombre poderoso en palabra y hechos. El sintió el llamado. Salió en sus propias fuerzas para liberar al pueblo. Mató a dos egipcios, los enterró en la arena, luego se vio forzado a huir al desierto donde Dios trató con él. Luego Dios lo llamó desde la zarza que ardía y Moisés se acercó a ella para ver, pero no se apagaba. Moisés respondió ahí. Cuando se acercó a la zarza, Dios le habló, y le dijo que se quitara el calzado porque estaba pisando tierra santa y luego le dijo, “he escuchado el clamor de mi pueblo en Egipto y te envío a ellos para que los liberes”. Moisés respondió, “¿Quién soy yo para liberar a esta gente?” Eso es lo que tú y yo hubiéramos respondido exactamente. Era temor que lo hizo responder así.

Tres millones de esclavos encerrados dentro del más poderoso imperio de la tierra, y aquí está Dios diciéndole a un solitario pastor de ovejas que los libere. El solo pensar de un desafío de tal índole llenaba de temor el corazón de Moisés. Moisés dijo, “Yo no puedo hacer tal cosa”. Parado en medio del calor de ese desierto, Moisés escuchó la palabra de Dios. Dios manifestó su poder. “Arroja la vara”; la arrojó y se convirtió en una serpiente. La recogió y se volvió una vara nuevamente. Dios estaba manifestando su poder delante de este hombre. En la promesa del gran “Yo Soy”, la fe en el corazón de Moisés se levantó para desafiar su incredulidad y temor. Moisés decidió ir a Egipto. En la presencia de Dios, la fe de Moisés se hizo más grande que su temor. Una vez más, él vino a creer que “Dios es real”.

La fe real demanda que el creyente “toque a Dios” y “traspase los cielos” frecuentemente. No puedes orar, “traspasar los cielos” y llegar al lugar donde sabes que Dios está y luego vivir para siempre ahí. Debes volver una y otra vez al altar para reasegurarte que Dios es. En Hechos 2, ellos “tocaron a Dios” y fueron llenos del Espíritu Santo y en el cuarto capítulo, nuevamente son llenos del Espíritu Santo. La fe está ahí en el corazón del creyente, pero muchas veces estamos tan dominados por la vieja naturaleza con una fe tan muerta, que nuestra fe se vuelve inactiva. Cuando esto ocurre, el temor entonces comienza a sobrepasar la fe, y la única forma de anular eso es orar con fervor hasta “tocar a Dios” y llegar al conocimiento que “Dios está ahí realmente”. Su presencia siempre vence al temor.

Moisés fue a Egipto, pero debes saber que cada paso que el burrito dio hacia Egipto fue lleno de duda y temor. El diablo le recordaba que él era un hombre buscado en Egipto. Moisés sintió lo que todo predicador o laico sentiría si se movía más allá de lo que él podía ver. El vio el milagro de la vara cuando se convirtió en serpiente, vio la zarza ardiendo, pero eso no quitó ese sentimiento ansioso que viene contra un hombre cuando se mueve hacia lo imposible. Una vez que Dios ha hablado, es tiempo de dejar la reunión de oración y empezar a actuar. Moisés se fue a Egipto. Cada paso que ese burro daba, el “viejo hombre” en Moisés decía “A tí te están buscando, eres asesino, y tu foto está por todas partes en Egipto. No puedes hacer esto. Debes estar enfermo o loco”. Pero la diferencia entre Moisés y el 95 % de la cristiandad, era que Moisés nunca hizo dar vuelta al burro. El “viejo hombre” con la ayuda de Satanás le decía a Moisés, “Mejor hubieras regresado y ayunado algunos días por esto”. Es verdad que necesitamos ayunar y orar, pero una vez que el Señor ha hablado, necesitamos llevar el burrito hacia Egipto. La diferencia entre Moisés y la gran mayoría de los cristianos, incluyendo a los predicadores, es que él fue a pesar de sus temores. Moisés enfrentaría al león en su cueva. El hablaría la palabra de Dios. Los piojos vendrían y se irían. Las moscas vendrían y se irían. Pero cuando Moisés estaba solo, el diablo le susurraría: “Tú no tienes nada que ver con los piojos, ranas, moscas y granizo. Ellas hubieran venido de todas maneras”. Cada mañana cuando se levantaba él hubiera pensado: “No puedo enfrentarme otra vez a Faraón”. El tenía los mismos temores y dudas que tú y yo tenemos. Moisés experimentó el mismo temor que tú enfrentas, las mismas dudas que tú enfrentas cuando se te presentan situaciones imposibles. Pero la diferencia entre Moisés y la mayoría de nosotros es que él nunca permitió que sus temores lo controlaran; él se levantó y salió.

La diferencia entre la fe y la incredulidad no es un asunto de llegar a un punto donde no estás inquieto. No es así; no importa lo que los chicos inteligentes y la gente de “fe” te digan, nunca va a dejar de haber un momento en tu vida en el que no haya un temor o miedo. Cuando por ejemplo enfrentes lo desconocido o cuando Dios te haga un llamado para que te muevas a un área y tú no sabes hacia dónde ir o qué hacer, lo que importa es que la fe sigue adelante aún a pesar de esos temores y dudas. El temor va a existir, pero tú debes pararte en el lado de la fe. El hombre que intenta aparentar otra cosa es un mentiroso.

Te conté cuando salí fuera de mi país como un joven marino. Estaba justo fuera del entrenamiento. Mi más grande temor era que cuando mirara al enemigo, al extremo equivocado de ese cañón de escopeta, yo correría. Podía ser un cobarde. No lo sabía, nunca me había enfrentado con eso. Había un gran temor en mí. Pero había un joven en ese bote que estaba en la misma compañía que yo. El tenía tatuado en su brazo una calavera con huesos cruzados que decía: “Muerte antes que el deshonor”. Yo acostumbraba mirarlo y yo pensaba, “ojalá fuera como él”; no parecía tener este horrible temor de guerra de desertar en el momento de la guerra verdadera. Pero la última vez que vi a ese joven, él estaba parado frente a la compañía y el oficial que comandaba estaba leyendo que estaría veinte años en prisión por haber desertado bajo el fuego. El temor estaba en él. Su ostentación no era nada. El temor estaba en mí, pero en el tiempo de batalla, opté por estar en el lado del valor. La fe se para en el lado de Dios.

Por mucho tiempo yo trabajé bajo la noción que Dios le había dado a los héroes de la Biblia alguna verdadera revelación especial de tal manera que era imposible que ellos dudaran. Pero Dios nos ha dado la palabra profética más segura. Estás enfrentando tal montaña que no puedes ver más adelante. Tú sabes que Dios es capaz, pero tienes miedo. Estás en buena compañía. Todos los que han estado antes que tú tuvieron miedo cuando llegaron ahí. Mira a Elías el gran profeta. Acerca de los tres años y medio de sequía, él tenía que decirle al rey Acab que, de acuerdo a su palabra (la de Elías), no iba a llover por tres años. Yo he caminado con Elías para entregar ese mensaje, quiero decir, en el Espíritu. Sé lo que él sintió; en cada paso que él daba hacia el palacio, el diablo le decía: “Estás yendo para decirle esto, que no va a llover por tres años, y va a haber una inundación antes que salgas del palacio”. ¿Cómo sé que el varón de Dios, Elías, sintió eso? Porque Santiago dijo que él era un hombre sujeto a pasiones como yo, y sé que eso es lo que el diablo me dice cada vez que avanzo a una misión como ésta. Satanás te susurra, “Mejor hubieras regresado a la cueva para orar por esto otra vez”. “Estás cometiendo el error de tu vida”. El 99 % de los predicadores habrían vuelto atrás. Pero ahora Elías rehusó escuchar a sus temores. Estaban ahí, pero el rehusó escucharlos; él avanzó hacia lo que él creía, y por su palabra cerró el cielo. Hay dos fuerzas que están operando, Dios y el diablo. Dios no nos ha dado espíritu de temor. Pero eso no significa que ese espíritu no está ahí, obrando en la vieja creación. Dios habla y tú crees. Luego viene el temor, la oposición, ¿qué es lo que vas a hacer? Jesús está en el servicio, hay un hombre con una mano seca. Sin duda que nació así. Jesús le dice, “extiende tu mano”. Inmediatamente después de escuchar esto, hay otra voz, el hombre viejo, el diablo está obrando ahí, a través de su cuerpo y dice, “no puedes hacerlo; nunca en tu vida has sido capaz de usar esa mano”. Pero en el otro oído está la voz de Dios. El le dice. “Extiéndela.” Lo que él haga ahora va a determinar lo que venga. Si se rendía a su temor y rehusaba moverla, iba a seguir inválido el resto de su vida. Pero si él se levantaba de su temor, iba a ser un milagro. Esto es lo que él hizo.

Estuve predicando en una campaña en la ciudad de Bay en Tejas, que es una pequeña comunidad de quizás cinco mil personas. Había sido una lucha; la iglesia había pasado por muchas cosas, y sólo quedaron unos pocos; una de las mujeres de la iglesia tenía su lengua atada desde que nació (cincuenta y cuatro años). Esto era desconocido para mí. Una noche, en medio de la predicación, esta mujer vino corriendo e interrumpió la prédica y comenzó a decirme que ore por ella, (como el hombre en Listra que era paralítico, y Pablo vio que tenía fe para ser sanado y Pablo le habló). La fe de esta mujer salió a flote. Yo no lo vi como Pablo pero ella corrió al frente y comenzó a decirme que orara por ella. Yo no le entendía pero el pastor que la conocía se acercó y dijo: “ella quiere que usted ore para que Dios suelte su lengua. Está atada y no puede hablar”. Cuatro veces la habían operado pero siempre era lo mismo. Ahora no podía hablar y me estaba diciendo que ore. Cuando lo comprendí me vino temor. Pensé en decirle que sacara su lengua, le dije que se la iba a tocar, Dios me dijo: “toca su lengua”. Me vino temor, pues parecía algo tonto, y le dije: “saca tu lengua”. Y ella gesticuló indicando que no podía. El pastor comprendió y dijo que no la podía sacar. Entonces le dije: “abre tu boca”. Metí mi mano y apreté su lengua, la cual salió de inmediato. Fueron rotos cincuenta y cuatro años de atadura. Habló con fluidez.

No se necesita fe para bautizar a un hombre o para tomar la Santa Cena. Se necesita fe para cambiar la vida de un hombre. Se necesita la obediencia de la fe para tener victoria. El temor del diablo va a venir contra tal fe. La victoria depende de lo que tú sigas; tu temor o tu fe. Quizás hay un espíritu diferente de temor, o sea, un demonio que tiene que ser echado fuera, pero el problema es que tú puedes estar creyendo lo que algunos predicadores tratan de decirte que pueden liberarte de todo temor, si lo deseas. He escuchado esa tontería, pero quiero decirte que el espíritu de temor que es puesto por Satanás está metido en el viejo hombre, y va a ser una oposición para creer a Dios, no importa dónde ni cómo.

He observado predicadores que en los servicios imponen manos a la gente para liberarlos de ese temor. Eso le hace un daño terrible a la gente. Llegan a pensar que alguna clase de demonio los ha poseído, pero ellos son cristianos, y no pueden ser poseídos por demonios. Y nunca van a ser librados de ese temor, lo que tienen que hacer es resistir ese temor y considerarse muertos a él. Los predicadores que predican esto, ellos mismos enfrentan situaciones amenazadoras en la vida, y son temerosos. Van a los médicos igual que las personas a las que les dicen que no tengan temor. La acción más importante de un cristiano es la obediencia. Esto es levantarse aún a pesar de ese temor y obedecer a Dios de todas maneras. Miremos a Pablo y a Silas en Filipos. Recuerda que tenemos la misma fe que el apóstol tenía, la misma fe que el apóstol obedeció en Filipos en la cárcel. Nosotros igualmente la tenemos. Pablo tenía los mismos temores, las mismas dudas que están en tí. Ningún predicador de liberación ha liberado al apóstol de esto, porque aún está ahí la vieja naturaleza. Y dice la Biblia que Satanás es el que pone el espíritu de temor. Dios no nos ha dado espíritu de temor, por lo tanto, lo opuesto es verdad; ese temor viene de Satanás, y sólo puede obrar a través del viejo hombre. El diablo le dijo que Dios lo había dejado, porque si no, no estaría en la cárcel. Pablo rechazó esa mentira. Entonces ¿qué ocurre? esa noche, en la oscuridad de esa prisión, donde ni un rayo de luz nunca entraba, con látigos, e infecciones por lo bichos asquerosos que había, y en donde sin duda les venían fiebres, dolores de cabeza y con el temor de podrirse en esa cárcel, Pablo le susurraba a Silas. La respuesta venía, “Sí, hermano Pablo. Cantemos y alabemos al Señor”.

Nosotros tenemos la misma fe. La única diferencia es que nosotros estaríamos llorando. Sí, estaríamos llorando, en lugar de alabar a Dios. Puedo imaginar a un predicador de nuestro tiempo diciéndole a Pablo, “¿por qué alabaríamos a Dios? ¡Mira la situación en la que estamos!” Pero ellos empezaron a alabar a Dios y el resultado fue que Dios envió un terremoto, abrió la cárcel y empezó el avivamiento.

En 1,958, me enfermé con lo que se llamó la gripe asiática. La iglesia estaba luchando. Yo no tenía ayuda ni asistente. Yo era su barredor y su pastor. Vino el temor a mí un domingo. Hacía frío y llovía. Sabía que tenía que ir a predicar y que era ahí donde tenía que estar. No había nadie que me reemplazara. Pero yo sabía que a pesar de la lluvia y el frío, la victoria estaba en ese púlpito. El temor se apoderó de mí porque el diablo me dijo: “si vas, te va a dar neumonía y te vas a morir”, pero yo tenía este pensamiento: “Si crees que Dios sana, levántate y actúa sobre eso”. Si un hombre es salvo, él no actúa como un pecador. Moisés fue a Egipto con la misma fe que tú tienes en tu corazón. Josué detuvo el sol; Daniel enfrentó a los leones; Pablo alabó a Dios en la cárcel. Ahora Dios me está diciendo, “levántate y anda. No seas gobernado por el temor. “¡Levántate, anda!” Entonces me levanté aquella mañana tan enfermo. No sé cuando estuve más enfermo. Fui, me senté en la plataforma, tan enfermo que pensé que me caería de la silla. Pero cuando llegó el momento de predicar y me paré en el púlpito, la unción cayó sobre mí. Y cuando vino la unción, todo síntoma de esa enfermedad se fue. Prediqué, entregué el mensaje y luego bajo la unción oré por los que venían para ser salvos, o sanados o cualquier cosa, y cuando terminé, pensé que me iba a morir. Regresé a la casa pastoral y me quedé en cama muy enfermo. El diablo me dijo, “si regresas te vas a morir”. El temor se apoderó de mí. Yo sabía que tenía que volver. Si quería obedecer a Dios tenía que volver. Habría sido total incredulidad si me hubiera quedado en cama. Pero había un gran temor en mí. Y cuando llegó el momento, mi esposa me dijo, “¿qué vas a hacer papi?”. Entonces me levanté de la cama, me vestí y volví a la iglesia así de enfermo. Las personas que estaban en la iglesia me vieron y me dijeron, “pastor, mejor no hubiera venido”. Pero esa noche cuando comencé a predicar, el Espíritu Santo del Señor vino sobre mí. No sólo los síntomas de la gripe se fueron, sino cada parte de la gripe y de la enfermedad y de la fiebre salieron de mi cuerpo; estaba completamente sano. ¿Te das cuenta? Decidí pararme en fe y no escuchar a mis temores.

El temor va a estar ahí presente siempre, el temor va a estar contigo. Nadie te va a liberar de eso. Eso tiene que ser crucificado, y cuando enfrentes lo imposible, va a estar el temor y la duda, pero a pesar de eso, si te levantas, vas a encontrar esta fe que Dios te ha dado. No es algo que tú obres o algo tuyo, sino que la fe que Dios te ha dado es la que va a funcionar. La fe es un don de Dios.