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Lección 5.- El Verdadero Significado De La Cruz

Lección 5.- El Verdadero Significado De La Cruz

 

Estos capítulos son de vital importancia, especialmente para nosotros quienes vamos a estar llevando el Evangelio al resto del mundo. Hemos visto la cruz en muchos aspectos: hemos visto lo que realmente significa para Dios, y cómo obra en nuestra vida humana. Hemos tratado también con la imposibilidad de la vida cristiana, porque ésta es vivir la vida de otro: de Jesucristo.

En el evangelio según Lucas 9: 23, “…Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame”.

Nuevamente en Lucas 14: 27 dice, “Y el que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mí discípulo”.

En Mateo 10: 38, vemos que, “…Y el que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí”.

La pregunta con la que voy a comenzar este capítulo es, ¿Qué se entiende por “sí mismo”? La respuesta es la vida del “yo”, lo humano, lo natural, vivida independientemente de Cristo. Es lo que la Biblia llama “carne”, la cual debe ser crucificada; y como ya hemos mencionado en los capítulos anteriores al tratar con este pensamiento, debemos considerarlo en tiempo pasado que ya está hecho, pero tiene que efectuarse en la vida real; es el cuerpo de pecado. ¿Cómo es, entonces, que uno se niega “a sí mismo”? El hermano Van Horn, un gran amigo de Port Arthur, hace años declaró que el “yo” se hace sentir aún en trapos, y eso es una gran verdad. Negarse a “yo” es negar su propia expresión del “yo”. Cuando Dios dice: “Consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús…” (Romanos 6: 11), significa el negar de la expresión del “yo”.

El “yo”, como ya hemos mencionado, puede ser expresado en pobrezas o riquezas. Es atraer la atención a sí mismo y permitirlo expresarse. Cuando la Biblia habla acerca de la iniquidad, está hablando acerca de la propia voluntad, la cual es la expresión del “yo”. Cristo trató con ese lado humano en el Calvario, pero con este lado se tiene que tratar todo el tiempo en nuestras vidas, simplemente al escoger el negar su expresión. ¡Dios es Amor! El “yo” es odio. Cuando se le permite expresarse, esto es lo que manifiesta. La carne “yo” es la fuente de toda incredulidad. La vida de Dios no puede dudar. Toda duda, temores, incredulidad, no son otra cosa que expresiones del “yo”.

El libro de Santiago dice que uno no puede sacar agua dulce y amarga de la misma fuente. Esto se hizo muy real en mi vida años atrás en un tiempo intenso buscando a Dios en ayuno y oración. Yo había llegado a un punto en el ministerio en el que me encontraba muy insatisfecho conmigo mismo y con lo que se estaba llevando acabo (eso es, en el ministerio). Yo dije, “si realmente tengo esta vida, entonces ¿por qué no hay algo mayor? ¿Por qué no veo que sucedan mayores cosas?” Y comencé un tiempo de ayuno y oración. Después de casi 10 días, estaba leyendo en el Evangelio de Marcos 9, donde un hombre trajo a su hijo lunático a los apóstoles y ellos no pudieron echar al demonio fuera de él o sanar al muchacho. Cuando Jesús descendió, el hombre corrió a Jesús y le expresó a El la condición de su hijo, y dijo, “traje a mi hijo a tus discípulos y ellos no pudieron hacer nada por él”; el hombre clamaba. “Jesús le dijo: Si puedes creer, al que cree todo le es posible”. Luego en el versículo 24, el hombre le dijo a Jesús, después de Jesús haber hablado con él , “(Señor, yo) creo; ayuda mi incredulidad”. Yo estaba ya bajo mucha tensión, buscando a Dios, el enemigo haciendo batalla contra mi mente durante ese tiempo de ayuno y oración. Y vi esto y dije, “aquí hay una contradicción; tú no puedes sacar agua dulce y amarga de la misma fuente. Pero sin embargo aquí se encuentra un hombre que dice que él cree sin embargo le pide a Dios que ayude su incredulidad, y Cristo no niega el hecho de que este hombre tiene ambas cosas en él, credulidad e incredulidad”. Y mientras contemplaba esto, con la terrible idea de que hay una contradicción aquí en la Palabra de Dios, el Espíritu Santo me dijo: “No hay contradicción. Tú no puedes obtener credulidad e incredulidad de la misma fuente, pero aquí se encuentran dos fuentes. Aquí se encuentra lo viejo, llamado la carne, y el nuevo hombre del cual Juan dice dos veces que no puede pecar. El es la misma naturaleza de Dios y no puede pecar”. Así que me di cuenta en ese momento que toda incredulidad proviene de esta cosa llamada “carne”, de manera que un hombre no podría nunca ser victorioso, hasta que niegue expresión de la vida del “yo”, porque ésta no puede creer a Dios.

Esta nueva creación no puede dudar de Dios, y el único obstáculo que se antepone en el camino de la nueva creación y a la obra que Dios le ha llamado a hacer, es la carne. Esto es mencionado explícitamente en Gálatas 5: 17, Pablo dice: “Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y estos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis”. En esta guerra, la carne está tratando de anteponerse y nos impide hacer lo que quisiéramos. ¿Qué quisiéramos hacer? Llevar el Evangelio a todo el mundo, sanar a los enfermos, echar fuera a los demonios, limpiar a los leprosos, destruir las obras del enemigo. Esto es lo que nosotros quisiéramos hacer. Pero aquí, se establece explícitamente que el problema es la carne y su guerra en contra de lo que Dios está haciendo, y nunca podremos ser verdaderamente vencedores con Cristo hasta que neguemos la expresión de esta carne.

“Tome su cruz” (Sin cruz, no hay corona). ¿A qué se refiere con “tu cruz”? Muchos creen que el llevar una cruz es llevar una carga, pero la cruz significa más que una carga; una carga puede venir de Dios, y no ser necesariamente una cruz. Llevemos pues las cargas los unos de los otros y así cumplimos la ley de Cristo. La cruz es mucho más que esto. Contemplemos la cruz de Cristo.

La cruz fue antes que nada un instrumento de muerte, inventada por el hombre, pero usada por Dios con el propósito de redención. Por encima de la maldad del hombre y del diablo, Jesús vio la “copa” que Su Padre le estaba dando a beber. El pudo ver todo por encima de esto. El rendirse a tomar el camino al Calvario, no comenzó en el tribunal humano, sino que comenzó antes de la fundación del mundo. Medita acerca de esto, y se te mostrará lo que significa tomar tu cruz. Es muy importante que entendamos esto.

Nosotros entendemos que detrás de toda nuestra incredulidad, todo pecado, toda rebelión, está una naturaleza que Jesús llevó a la tumba. El viejo Adán está detrás de todo esto; con esto se tiene que tratar, y negar continuamente su expresión; en otras palabras, no permitirle que experimente una resurrección en nuestra vida, porque cuando esto ocurre, entonces toda esa duda e incredulidad impiden lo que Dios quiere hacer con nosotros. Lo que el hombre te presenta como pruebas, es comparable al madero puesto sobre Jesús por el hombre. Detrás de todo esto está tu Señor. El lo permite, pero Su intención es compartir Su eterna gloria y Su vida contigo. Como ya hemos mencionado, siempre ha sido, la intención de Dios el compartir Su vida con el hombre.

Permíteme recordarte continuamente que, cuando la Biblia menciona “el hombre”, se está refiriendo al género humano. Entonces, las pruebas que nos vienen de parte del hombre, nos vienen con el permiso de Dios, porque El te está ofreciendo a tí el poder de Su cruz, para que continuamente haya crucifixión en la vida del “yo”, y así mantenerla muerta. El te pide que te rindas por fe, que la cruz sea aplicada en esta prueba que viene por medio del hombre. Todos los seres humanos tienen pruebas puestas sobre ellos por su prójimo, pero comparativamente son pocos los que se niegan el “yo”; y aceptan la humillación del hombre, para que pueda obrar crucifixión en la vida del “yo”. Cuando nosotros permitimos la obra de humillación, entonces podemos negar la expresión de lo cual Dios dice que nosotros debemos de considerar como ya muerto, ya llevado a esa tumba en el postrer Adán, en Cristo.

La cruz para Cristo significó muerte, y era muerte al pecado, no el suyo sino el nuestro; El tomó nuestro pecado, por lo tanto nuestra muerte. El llevar verdaderamente la cruz, para nosotros significa muerte, no solamente llevar una carga.

Cuando tú consideras, en el Salmo 2: 8, Dios le está hablando a Cristo diciendo: “Pídeme, y te daré por herencia las naciones, y como posesión tuya los confines de la tierra”. ¿Qué significó para Jesús pedir esto? Significó la cruz. Significó morir. Significó que todos las demás ideas debían ser rendidas y traídas bajo un solo propósito. Al ofrecernos Su vida, nos está diciendo que El da Su vida a aquellos que se la piden. Si el pedir para Cristo significa morir a todos las demás ideas, ¿acaso, puede ser posible que signifique menos para tí y para mí? Pedirle a Dios Su vida significa que yo voy a morir a mi propia vida, a mis propias ideas, a mis propios deseos, porque El no va a compartir Su vida con mi vida. Significa muerte al pecado y a tus debilidades, muerte a todo aquello por lo cual Cristo murió para librarnos.

Asegúrate ahora de que el Calvario fue una victoria total, pero esa victoria tiene que ser aplicada. Cada día me enfrento a la posibilidad de resucitar aquello a lo cual Dios dijo que yo siempre lo considere como muerto; esto quiere decir, que en las elecciones que yo hago, o yo voy a permanecer en mí mismo, o yo voy a permanecer en Dios. Esa muerte puede ser cumplida solamente al aplicar el poder de la cruz (la muerte) a la vida del “yo”.

El obrar de la cruz es un proceso perfeccionador en el cristiano, un proceso que lo hace más y más como Cristo; por lo tanto, la parte del hombre en el procesode la cruz, y la labor de Dios en su obra efectiva, ambas deberán ser aceptadas sin resistencia si el proceso perfeccionador va a ser consumado. (Jesús ante el sumo sacerdote, cuando era envilecido, no respondió palabra.) Hay aquellos que declaran que se rinden a Dios en las pruebas de la vida; hay quienes hablan de victoria, pero sin embargo, resisten la parte del hombre en estas pruebas. Estas personas viven engañadas.

Nada puede tocar al cristiano, sino lo que Dios permite; por lo tanto, si la cruz del hombre, aunque parezca injusta, es rechazada, nunca va a obrar muerte en nosotros. Pedro dijo que si tú sufres a causa del pecado, es una cosa, pero si tú sufres solamente porque tú le perteneces a Cristo, es otra cosa (1 Pedro 2: 20). Si su muerte no obra en nosotros, tampoco su resurrección obrará a través de nosotros. No puede haber resurrección sin muerte. Tampoco el “yo” será crucificado en la prueba, si no es primeramente negado.

Debe haber una actitud negativa de corazón a todo lo que es del “yo”. Debemos venir a la conclusión de que no hay en tí nada que pueda hacer algo para Dios. Tú no tienes absolutamente nada en tí mismo por naturaleza, que pueda tener importancia o que pueda hacer la obra de Dios. No importa si la prueba viene de parte de un hombre de la carne dando expresion as su “yo” tomando venganza contra el hombre que está en la prueba.

Dios dijo que “…a los que aman a Dios, todas (T-O-D-A-S) las cosas les ayudan a bien, esto es , a los que conforme a su propósito son llamados” (Romanos 8: 28). ¿Cuál es ese propósito? Yo debo conocer ese propósito si es que voy a poder soportar esas pruebas y saber que éstas están obrando para este propósito. El propósito de Dios es que yo he sido predestinado a ser hecho conforme a la imagen de Cristo. Yo he sido predestinado para que el carácter moral del Hijo de Dios sea reproducido en mí; entonces, puedo reconocer que esas pruebas, cuando vengan y no parezcan ser justa, (en otras palabras, yo no he hecho nada malo conscientemente; me miro a mí mismo y veo que no hay voluntad propia, pero sin embargo, estoy pasando por esto,) entonces me doy cuenta, que es parte del perfeccionamiento. Esto es parte de la obra de perfección de Dios, porque yo no puedo considerar muerto algo del cual no estoy consciente que está en mí.

Cuando Dios permite que estas pruebas vengan, y estas ejerzan presión en mí, cuando comiencen a levantarse cosas en mí que yo no sabía que se encontraban ahí, al reconocerlas, inmediatamente estas son llevadas a la cruz; y esta cruz me las está revelando a mí, para que pueda considerar en Dios estas cosas ya muertas. Fíjate en esto, tú nunca sabrás cuán frágil está el eslabón de una cadena, hasta que le des un jalón, y nunca puedes conocer la debilidad en tu propia vida, el pecado que está en tí, hasta que Dios permite alguna cosa que te jale (o estire). Dios dice, “Si, pues, nos examinásemos a nosotros mismos, no seríamos juzgados” (1 Corintios 11: 31), pero tú no puedes juzgar ese “yo” a menos que tú conozcas al “yo”, y la Biblia dice que, “engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” Sólo Dios.

Así, yo reconozco que en esta prueba o aflicción, en esta cruz, Dios me está revelando aquello que ya ha sido tratado en Su cruz; pero yo debo conocerlo antes de tratar con ello, o si no la carne tomaría el lugar de Cristo y pasaría la prueba con un dominio propio estoico. El “yo” quiere hacer cualquier cosa, excepto morir. Quisiera contemplar esto último una vez más. No importa si es la carne del hombre auto-expresándose al tomar venganza del hombre en la prueba, es lo mismo que lo que nosotros llamamos “buena carne”, que quiere tomar el lugar de Cristo y quiere pasar a través de la prueba del “yo” en nuestro dominio propio estoico. ¿Ves lo que está pasando?, el “yo” quiere hacer cualquier cosa excepto morir. Pero la verdad de las cosas es que el “yo” murió con Cristo, y ahora en estas pruebas, Dios está permitiendo que se revelen a mí aquellas cosas en mi vida con las que debo tratar, y la única forma en que esto puede ocurrir es que Dios me las muestre; y es en la cruz, en la prueba, que Dios lo revela.

Muchos años atrás, una pequeña viuda murió y me dejó su carro. Yo no tenía un segundo carro, y ella me dejó un carrito de marca Plymouth. Estaba en perfectas condiciones. Yo amaba ese carrito viejo, pero tenía dos ahora. Había un hombre en la iglesia que había sido salvo de una vida de profundo pecado. El no tenía ningún carro, y yo sabía que darle este carro era lo correcto. Pero yo amaba ese carro. A este hombre no le daban ningún préstamo y no podía conseguir nada. Habían tantas personas en la iglesia que yo no podía dar a todas un carro, así es que le vendí ese carro al mínimo precio que pude. Sin cuota inicial, solamente debía pagarme cierta cantidad mensualmente. El tomó el carro, pagó como dos mensualidades, y después de eso nunca más me volvió a pagar. Había algo en mí que se disgustó con esto. Yo lo llamé para que me pagara, pero él no quiso; había vuelto al mundo, estaba en contra de Dios. Yo nunca me di cuenta qué había aún en mí el “yo” que no quería perdonar a este hombre. Una noche, en una grandiosa campaña, el evangelista había predicado, escudriñado y tratado con estas mismas cosas; cómo es que estas pruebas en la vida vienen a demostrarnos la codicia, ambición, falta de perdón, y cualquier otra cosa que se pueda hallar en nuestra vida, para que nosotros podamos tratar con ellas como lo hizo Dios, considerándolas muertas y que no formen parte de nosotros. Mas él dijo que nosotros no podemos hacer el “yo” santo, sino que tiene que morir. Bien, esa noche, en el altar, Dios me lo trajo a la memoria. Yo pensé que lo había olvidado, pero me dí cuenta que no era así. Este hombre tenía $1,300 dólares de mi dinero, y yo todavía no había perdonado eso. Pero yo me paré allí en ese altar, y dije a Dios: “yo lo perdono: eso ya se fue de mi vida y aun si él me trajera de vuelta ese dinero, yo se lo daría de vuelta”. Esta historia es simplemente increíble. El no estaba en la iglesia esa noche, yo no lo había visto por meses, pero mientras yo estaba en ese altar, la esposa de este hombre vino a la iglesia; el hombre se quedó afuera de la iglesia. Ella entró, me entregó un sobre con 13 billetes de $100 dólares dentro, y me dijo, “éste es el dinero que le debemos. Dios ha tratado con nosotros”. Acababa de decirle a Dios que si él me pagaba, yo se lo devolvería, entonces salí al carro con ella y se lo devolví, y le conté a él cómo el Señor había tratado conmigo. Yo no sabía que El estaba tratando con la pareja. El dinero no significó nada para mí . Lo que sí tuvo significado para mí, es que Dios me descubrió que aún había ese espíritu de amargura que tenía que ser muerto y que no tenía derecho de ser parte de mí; pero aquella noche Dios trajo liberación y victoria.

Veamos la conclusión. La cruz tiene en mira el sacar a luz aquellas cosas que nosotros no nos damos cuenta que se encuentran ahí, y cuando nos damos cuenta, entonces debemos de considerarlas muertas. Cuando ellas han salido a luz y han sido reveladas a nosotros, si nosotros continuamos con ellas, ellas se convierten en pecado voluntario, y nos llevarán más allá del lindero de la posibilidad de una liberación. La cruz son esas pruebas, y la cruz, así como la cruz de Cristo, está ahí para que nosotros podamos colgar en ella este “yo”, y aquello que nos impide ser y hacer todo lo que Dios nos ha llamado a ser y hacer.