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Lección 2.- Los Creyentes Son Por Señales Y Presagios

Lección 2.- Los Creyentes Son Por Señales Y Presagios

Vamos a tratar con las condiciones que deben existir para que Dios derrame un avivamiento, y especialmente vamos a tratar con la vasija preparada a través de quien debe venir.

Leyendo en Isaías 8: 18 dice, “He aquí, yo y los hijos que me dio Jehová somos por señales y presagios en Israel, de parte de Jehová de los Ejércitos, que mora en el Monte de Sion”.

La obra de Dios siempre ha demandado de un hombre, una persona. Esto es verdad y permanece siendo verdad a lo largo de todas las cosas. Para producir una nación, El llama a Abraham, para preservar esta nación, El llama a José, para librar esta nación, El llama a Moisés y para instruir a esta nación en Sus caminos, Dios llama a los profetas. El hombre está involucrado siempre en los propósitos de Dios. Desde que Dios creó a Adán, ha sido siempre la voluntad de Dios, obrar a través de una vasija humana para cumplir sus propósitos en la tierra y en última instancia, en este universo. Dios trabaja con mucha paciencia con la vasija, y la prepara para ese propósito. Cada vez que Dios toma un hombre, El comienza a hacer de ese hombre lo que este va a predicar. Comienza el proceso de muerte y resurrección para producir ese vehículo, forjando esta vasija a través de la cual El pueda obrar. Abraham fue forzado a un caminar de fe de 25 años.

Cada pensamiento, cada actitud y cada emoción del vaso deben ser probados. Se permitirán errores dolorosos para que el vaso sea purgado de toda autosuficiencia y actitudes equivocadas. El vaso debe pasar a través de pruebas que están mas allá de la resistencia del ser humano. Con Abraham y su llamado, él se rindió y dejó su tierra. “Anda a una tierra que yo te mostraré” (Parafraseando de Génesis 12: 1); un hombre de 75 años de edad que se levanta y responde al llamado de Dios y sale a un país que ni siquiera sabe dónde es. Dios le prometió un hijo, Abraham trató de ayudar a Dios con medios carnales e hizo todo mal. Pero después el prevaleció en fe, Isaac nació, y luego la última prueba llegó. En Berseba, aquella noche que Dios se le apareció a Abraham, y le dijo: “Toma ahora tu hijo, tu único, Isaac, a quien amas, y vete a tierra de Moriah y ofrécelo allí en holocausto…” (Génesis 22: 2). Ya sabes la historia: Abraham tomó al muchacho, y en el camino hacia allá, recogió la leña y todo lo que necesitaba. Y el muchacho le dijo a su padre, “He aquí el fuego y la leña; mas ¿dónde está el cordero…?” (v.7). Abraham en fe dijo, “Dios se proveerá de cordero para el holocausto…” (v.8). Pero él alzó al muchacho y lo puso en el altar, y estaba por introducirle el cuchillo, cuando Dios lo detuvo. Dios había provisto el carnero, pero mientras que Abraham se paró ese día con los vientos de Moriah soplando alrededor de su débil cuerpo, escuchó a Dios decir, “Yo sé que puedo confiar en tí, y vas a recibir una herencia tan innumerable como las estrellas, si puedes contarlas” (Parafraseando v.12). Dios forjó un vaso.

Luego José escuchó el llamado para preservar la nación, pero estaba totalmente descalificado para la tarea. Debía pasar por una etapa de rechazo total: vendido por sus hermanos, seducido por una mujer, olvidado en un calabozo de Egipto. ¿Qué está haciendo Dios? Dios está forjando un vaso a través del cual Su propósito pueda ser cumplido, siempre ha sido así. Esto es lo que El quiere hacer contigo si te rindes completamente a El. Es decirle: “Lo que tú desees, Señor: congélame en el Artico, quémame en el desierto, dame de comer, déjame sin comer, sólo úsame”. Dios forjará en tí ese vaso a través del cual El pueda obrar. En Salmos 105: 17-18 dice que Dios envió un varón llamado José delante de su pueblo. Afligieron sus pies con grillos. Si tienes una buena Biblia, en la línea marginal dice, “hasta que el hierro entró en su alma”. Cuando Dios lo llamó, sólo era un joven, engreído por su padre anciano. Nacido cuando su padre ya era mayor, exactamente como un abuelo, cuando mima a su primer nieto, fue el engreído. Y Dios vino a ese muchacho engreído en un sueño, y le dijo que lo iba a usar para preservar la nación durante los años de hambruna. José cometió el error de decirlo a sus hermanos, ellos lo vendieron en Egipto y ahí pasó a través de esta terrible tensión de un esclavo, siendo engañado por una mujer que quería seducirlo; pero él era un hombre de mucha integridad. Luego en ese calabozo donde 1,000 demonios le decían que Dios nunca le había hablado, Dios dijo que El envió su palabra y lo probó, la palabra lo probó; ¿qué palabra? La palabra que Dios le habló a él. Esta palabra aquí mismo, la que El te habla, es la que te está probando. Si lo crees, tendrás éxito. La palabra del Señor vino y lo probó. El diablo le decía: “Esto comprueba, que Dios nunca te ha hablado; si El lo hubiera hecho no estarías aquí”. Y se escucha hoy a un montón de tontos que tratan de predicar el Evangelio, que le hubieran dicho lo mismo a José. Ellos dirían que “tus problemas vienen del diablo, no vienen de Dios”, pero Dios está trabajando, Dios está forjando un vaso. Un día sentado en esta horrible y helada celda de la cárcel, 1,000 demonios diciéndole: “te vas a morir aquí”, pero al día siguiente, él estaba manejando el segundo carro de Faraón. Dios tenía un vaso a través de quien se podía derramar y preservar esta nación.

Cuando fue el tiempo de liberar a Israel de 400 años de esclavitud en Egipto, Dios llama a Moisés; un hombre es involucrado. Moisés falló completamente en su primer esfuerzo por liberar la nación. El sintió ese llamado, y en aquel tiempo Dios dijo que El era poderoso en palabra y en hechos; Moisés se sintió capaz, Dios lo rechazó. Cuarenta años después en la tierra de Madián, el llamado vino otra vez. Dios lo llamó desde una zarza que ardía. Y la zarza ardía y no se consumía. Moisés dijo: “Voy a mirar qué está ocurriendo”. Cuando él se acercaba al arbusto, Dios le habló desde ahí y le dijo: “Quítate el calzado, porque la tierra que estás pisando tierra santa es”. Moisés parado ahí, escuchó a Dios decir, “He escuchado el clamor de mi pueblo y yo te voy a enviar a ti para que los libertes” (Exodo 3: 2-7). Dios siendo Dios lo pudo haberlo tomado en una forma milagrosa como hizo con Felipe cuando bautizó al eunuco y El Espíritu Santo lo transportó fuera del camino. Dios siendo Dios, pudo haber hecho lo mismo con tres millones de personas. Pero su demanda es de una vasija humana. Su propósito demanda una vasija humana. Así que El le dijo a Moisés, “te envío a mi pueblo para que los libertes”. Y Moisés ahora, en el silencio de ese desierto, había perdido esta habilidad para hablar y dijo: “Yo no puedo hablar”; cuando Moisés sintió que el trabajo era demasiado para él, Dios le dijo: “Estás listo”. Dios lo había liberado de su autosuficiencia, de su presunción, y de su propia dependencia en su habilidad para hablar y obrar. Cada profeta de Dios tiene que pasar por el proceso de muerte y resurrección para que él pueda convertirse en el mensaje que va a proclamar.

Tú que lees este libro, debes convertirte en ese mensaje. No puedes predicar con efectividad, si no sientes como Dios siente. En un tiempo de estudio intenso de la palabra de Dios, horas de oración, esperando en el Todopoderoso, puedes convertirte en ese mensaje. Cuando te pares a proclamar, no sólo vas a predicar, sino que vas a demostrar ese mensaje por lo que eres. Mira a Ezequiel, este gran profeta de Dios, llamado por Dios cuando Israel estaba en plena apostasía. Pasó muchas cosas este hombre de Dios. El regresó y tuvo visiones de ese templo. Dios permite que la esposa de Ezequiel muera de un ataque (Ezequiel 24: 18). Su muerte fue repentina. Evidentemente no fue una enfermedad larga, no parecía que Dios se la iba a llevar, pero de repente lo hizo. A este hombre de Dios, Dios le dijo que no mencionara nada de esto en el púlpito. “Ni aún actúes como si ella estuviera muerta. Ve y predica, sigue adelante, como si nunca hubieras tenido esposa” (Paráfrasis de v.16 y 17). ¡Qué cosa tan terrible! El amaba a su esposa. ¿Por qué Dios permitía que le pasara esto al profeta? El estaba forjando un vaso. ¿Sabes?, la esposa de Dios, Israel, está muerta y a nadie le importa. La Iglesia como siempre, canta las canciones; como siempre, lee las escrituras, pero ella está muerta, y nadie ni siquiera menciona su funeral. Ezequiel tuvo que haberlo sentido. El pudo sentir lo que era quedarse sin esposa y que a nadie le importara. Cada obra demanda de un vaso humano.

Mira el caso de Oseas. El fue llamado cuando Israel llegó a su punto más bajo de apostasía. La Biblia la llama una prostituta. Es en medio de esta terrible situación que Oseas es llamado. Dios toma este pastor Oseas y hace que se enamore y se case con una ramera, llamada Gomer. ¿Por qué se casó con ella? Porque la amaba. Dios puso amor en su corazón por esta prostituta. El se casó con ella y la llevó a la casa pastoral. ¿Puedes imaginarte los problemas que se suscitaron? Todo el chisme y la murmuración. Todas esas mujeres ahí, esas viudas que estarían diciendo con seguridad, “de entre nosotras Dios podría haber encontrado una mujer; nosotras somos mujeres de Dios, pero sin embargo él se fue a buscar en esta zona roja una esposa. ¿Por qué, Dios mío, fue a tal lugar a buscar una esposa?” Porque él la amaba. Dios puso ese amor en él. El la tomó y la trajo a la casa pastoral. Ella le dio hijos, pero luego un día llegó, y había una nota que decía: “Extraño mi vida anterior, me voy”. Y ella regresó a su oficio de prostituta (Paráfrasis de Oseas 2: 2-3). Tú pensarás que el hombre de Dios hubiera dicho, “ya basta, si esto es lo que ella quiere entonces que lo haga. Conseguiré otra mujer para criar a mis hijos”. Pero ¿sabes qué?, él no lo hizo. El fue a buscarla y la trajo de vuelta (Oseas 3: 1). ¿Por qué hizo esto? Porque la amaba. El la amaba como tú amas a tu esposa, y él fue y la trajo de vuelta. Dios puso tal amor en él, por esta mujer infiel. ¿Por qué haría Dios esto? Porque Oseas iba a ministrar a la esposa de Dios que era una ramera, y si él la iba a ministrar, él tenía que sentir el dolor que Dios siente cuando se ama a alguien que no es digno de ese amor. ¿Te das cuenta? ese instrumento humano, ese vaso humano tiene que estar ahí para que el propósito y la obra de Dios se lleve a cabo. Dios lo hizo de esta forma. Toda Su obra es a través de un vaso humano. De acuerdo a nuestro texto, todos estos hombres eran señales y presagios para Israel.

La palabra “señales” en hebreo es “O’wth”; significa bandera, atalaya, evidencia, marca o milagro. Ellos estaban en medio de la gente como una evidencia viviente de la realidad de Dios, ¡cuanto quiere El esto! y cuanto quiere el Señor que tú y yo prosigamos en conocer más a Jesús, que seamos verdaderas evidencias entre la gente del Cristo vivo. Estos hombres no sólo “hablaban de Dios” ellos eran “demostradores” de Su presencia y de Su poder. Para que el Evangelio sea verdaderamente efectivo, ése es el principio que debe regir en forma real en todo el curso de la Iglesia. Pablo en su carta a los Corintios confirmó esta verdad “…ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder, para que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios” (1 Corintios 2: 4-5).

Hoy el creyente también está por señales y por presagios. Debemos ser una demostración de la presencia de Dios. Los milagros de Dios siempre vienen a través de un instrumento. La petición de Eliseo de una nueva vasija fue evidente. Le hemos dedicado todo un capítulo a esto, cuando tratamos con el instrumento de la Iglesia (2 Reyes 2: 19). Cuando él fue llamado, las aguas de Jericó estaban perdiendo algún elemento. El fruto no maduraba, nunca llegaba a su plenitud. Antes que lo lograra, caía a la tierra totalmente arruinado. El varón de Dios buscó una vasija nueva, y puso sal en una vasija y la tiró. Para que Dios afecte una comunidad, El debe tener un vaso a través de quien El se pueda derramar a plenitud. Esto fue un simbolismo para nosotros. Las aguas fueron sanadas ese día. He estado ahí muchas veces en mi vida, y ésta aún sana hoy. Es una de las aguas más puras para beber en el mundo. Simboliza una sola cosa: Tú y yo debemos ser ese vaso preparado a través del cual Dios pueda derramarse a un mundo expectante.

La Biblia dice que tenemos estos tesoros en vasos de barro (2 Corintios 4:7). Los primeros apóstoles, discípulos, y creyentes sabían que para que el Espíritu Santo, ese tesoro, permaneciera en los vasos de barro, tenían que caminar en santificación.

Pablo dijo en Efesios 4: 1, “…andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados”. Yo he sido llamado para demostrar a Dios. Debo andar como es digno, debo andar en santidad, y andar en santidad es caminar en el Espíritu, ser guiado por el Espíritu. Esto empieza con la Palabra de Dios. Comienza con la palabra de Dios. Si dice, “ora”, ora. Si dice: “congrégate”, congrégate. Si dice: “entrega tus diezmos”, entrega tus diezmos. Eres guiado por el Espíritu, y vas siendo más sensible a la palabra escrita hasta que llegas al punto en que Dios puede hablar contigo y puedes ser dirigido por El. Caminar en santidad, es caminar en el Espíritu. La santidad es el Espíritu de vida, y tu podrás tener tanta santidad como tengas del Espíritu de Dios. Y tendrás tanto del Espíritu como estés dispuesto a aceptar de Su santidad en tu vida. Este vaso debe ser un buen receptor o recipiente, en otras palabras, debe ser capaz de saber recibir, y hacerlo. Sólo puedes dar de lo que tienes. Ahora, atiende cuidadosamente mientras vamos resumiendo lo que hemos dicho. Este vaso debe entonces andar en el Espíritu; andar en el Espíritu es andar en santidad; debe ser una vida de oración, entregada a Dios, y debe ser también un buen receptor. Debe ser capaz de recibir, recepcionar de Dios, porque no podemos dar de lo que no tenemos. Por ejemplo, la electricidad no puede fluir a través de plástico o madera. Simplemente no puede fluir. Fluye bien a través del cobre o la plata. Me han dicho que el oro es un receptor perfecto. Fluye perfectamente. Debe ser a través de este vaso que venga la demostración de la vida de Dios, para que una vez más provoque la siguiente expresión, “Ningún hombre puede hacer estas obras a menos que Dios esté con él”.

Los requisitos para ese vaso son simples, pero absolutos; ¿deseas tú ser de aquellos que verdaderamente desean ser ese vaso? Quiero decirte que te costará todo porque tendrás que darlo todo, tendrás que darlo todo. Deseo mencionar tres cosas absolutas que son requisitos para este vaso. Este vaso, ya sea individual o corporal, debe mantener una vida en el Espíritu Santo. Para lograr esta forma de vida, la oración debe ser prioridad en todo lo que haga. Cuando la oración cesa, la vida se va. Jesús dijo en Lucas 18: 1 que los hombres deben orar siempre y no desmayar, no deben detenerse. Tengan siempre presente que la oración es para tu ministerio lo que la respiración es para tu cuerpo. Cuando la oración se detiene, el ministerio se detiene. Sin vida, el vaso continúa funcionando religiosamente, atenta con manipular a Dios a través de los dones, pero será una imitación y no será real. Para que ese vaso sea el vaso útil, debe mantener la vida del Espíritu; y segundo, debe caminar en santidad. Tiene que ser purificado, limpiado. Debe fluir a través de esta condición. Debe ser un vaso que cree. Este vaso no sólo debe ser un buen receptor, sino que también debe ser un buen conductor. Debe ser capaz de recibir, pero también debe ser capaz de conducir. Esta vida no sólo debe fluir por dentro, sino hacia afuera. La corriente eléctrica en un elemento plástico o madera, se detendrá. No funciona. La plata pura es casi un conductor perfecto. El trabajo de Dios con el creyente es hacerlo un super conductor, limpiando constantemente toda esta basura que estorba e impide el fluir de esta vida. Entonces su trabajo constantemente nos estará llevando, ¿a dónde? A que seamos a la imagen de Jesucristo. Cuando Dios nos mira, El sólo ve a Cristo. Todo su trabajo en nosotros consiste en quitar todo lo que no es de Cristo. Entonces, ¿qué está haciendo El? No sólo haciéndonos buenos receptores, sino también super conductores, para poder fluir sin ningún impedimento y con total libertad. El avivamiento significa la presencia de Dios. Y para que esta presencia pueda ser derramada al mundo, Dios debe tener un vaso humano, y ese vaso será preparado en el fuego.

 

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