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La Escuela se trata de vida. Aunque el conocimiento acabado y la doctrina están incluidos en nuestro aprendizaje, éstos son nada sin la vida de Cristo manifestada en el creyente.

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Lección 3.- El Discípulo No Es Más Que Su Maestro

Lección 3.- El Discípulo No Es Más Que Su Maestro

En Mateo 10: 24 encontraremos las Palabras de nuestro texto, que son parte del mensaje de Cristo a los doce creyentes que fueron llamados a hacer las obras de Dios: “El discípulo no es más que su maestro, ni el siervo más que su señor”. Estos hombres fueron enviados a predicar la Palabra de Dios. “Y yendo, predicad, diciendo: el reino de los cielos se ha acercado” (Mateo 10: 7).

Lo que tienes que grabar en tu mente, si has sido llamado por Dios, es que Su llamado es el mismo en cada generación. El ministerio es el mismo, nada ha cambiado desde que Cristo ordenó a los primeros para que sean predicadores. Los envió para hacer las obras de Dios y proclamen no sólo en palabras, sino en poder y demostración que el reino de los cielos se ha acercado. Así que cuando vemos al llamado de aquellos, las órdenes de nuestro Señor para sus vidas, y las condiciones necesarias para cumplir ese propósito, entonces vas a ver tu propia vida; qué se espera de tí, si tú vas a hacer la obra para Dios. Primero que todo, a ellos se les ordenó que tenían que demostrar lo que ellos predicaban, “Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad muertos, echad fuera demonios; de gracia recibisteis, dad de gracia” (versículo 8). Entonces el mismo llamado y comisión dado a los primeros discípulos, como ya he dicho, es el llamado y comisión dado a todo hombre llamado a predicar. La Palabra no es predicada en palabra solamente, sino en el poder y demostración del Espíritu. “Con potencia de señales y prodigios, en el poder del Espíritu de Dios; …todo lo he llenado del evangelio de Cristo”, dijo Pablo en Romanos 15: 19.

Evangelio completo es demostrar lo que tú predicas. Si sólo damos la Palabra, entonces sólo hemos predicado la mitad del evangelio. No es solamente la Palabra. Claro, la Palabra tiene que ser predicada antes que pueda haber el acto creado de esta Palabra. Pero si sólo presentamos la predicación de la Palabra verbalmente, entonces hemos predicado sólo la mitad del evangelio, porque debe ser demostrado.

El discípulo no es más que su maestro. ¿Qué significa esto? Con seguridad ninguno de nosotros podría esperar ser más que su maestro, y ciertamente ninguno de ellos en ese grupo de creyentes creían que podían ser más que aquél que se sentó delante de ellos. Existe esta promesa, “El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aún mayores hará, porque Yo voy al padre” (Juan 14: 12). ¿Hay alguna contradicción? ¿Puede algún discípulo hacer mayores obras que su Señor? Ahora bien, la respuesta está en el entendimiento de la promesa. Jesús en Su cuerpo físico estaba limitado tanto en tiempo como en lugar. Si El estaba en Jerusalén tú tendrías que ir a Jerusalén para escucharlo; si El estaba por la orillas de Galilea, entonces se tendría que ir hasta allá para escucharlo, porque Jesús, en su cuerpo físico, podía estar en un solo lugar al mismo tiempo.

La Iglesia, que es su cuerpo espiritual, siendo muchos miembros, puede estar por todas partes. Así que cuando dice “mayores obras”, no se refiere a la calidad, sino a la cantidad. Cada creyente lleno del Espíritu tiene el mismo poder que el que tenía Jesús. “Cómo Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret, y cómo éste anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo” (Hechos 10: 38). “Pero (esto es, cada uno de nosotros desde entonces y hasta ahora) recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo” (Hechos 1: 8). Luego 1 Pedro 2: 21 nos dice, “Cristo Jesús padeció por nosotros dejándonos ejemplo”. La Biblia dice que debemos seguir Sus pisadas. Mostrándonos que como El nació del Espíritu, tenemos que nacer del Espíritu; el fue lleno con el Espíritu, debemos ser llenos con el Espíritu; el fue guiado por el Espíritu, nosotros debemos ser guiados por el Espíritu. En consecuencia, se nos ha sido dado el mismo poder que a El, así que Dios espera lo mismo de nosotros que lo que El esperó de Jesucristo el hombre. Como hombre, Jesús fue el patrón para todo ministerio. El Espíritu Santo vino para vivir la vida de Jesús en el creyente. Si nos sometemos a la misma voluntad, como Jesús lo hizo, si nosotros tomamos las decisiones de tal manera que no hagamos nada sino lo que El nos dice que hagamos, entonces las obras que El hizo van a fluir libremente a través de nosotros.

El siervo no es más que su señor. Con las promesas de poder vinieron también las advertencias de la persecución. “Y aún ante gobernadores y reyes seréis llevados por causa de mí” (Mateo 10: 18). “El hermano entregará a la muerte al hermano, y el padre al hijo; y los hijos se levantarán contra los padres, y los harán morir” (v.21). No hubieron promesas de ser libres de la persecución para aquellos que siguieran las pisadas del maestro. Cristo fue perseguido. Si los discípulos pudieran hacer las obras de Jesús y no enfrentar al tentador como El lo hizo, entonces ciertamente los discípulos serían más que el maestro. “Y también todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución” (2 Timoteo 3: 12). Por lo tanto, la persecución es el resultado universal del poder manifestado. Jesús no fue perseguido mientras permanecía en la carpintería en Nazaret, pero desde el momento en que empezó Sus poderosas obras, El fue llamado “príncipe de los demonios”. Una y otra vez el enemigo trató de matarlo. El problema de Pedro empezó cuando el sanó al paralítico en Hechos 3. Esteban no tuvo problemas mientras que era sólo un buen miembro de la Iglesia, pero el momento que “…hacía grandes prodigios y señales entre el pueblo…” (Hechos 6: 8), fue llevado a juicio, y luego fue apedreado (Hechos 7: 58). Pablo no fue a la cárcel por la religión. Fue después que se encontró con Jesús en una experiencia sobrenatural que sus problemas empezaron realmente. Tú no vas a encontrar mucha oposición mientras tú permanezcas como el mundo, y la Iglesia lo llama “un cristiano normal”. Mientras que tú seas un buen miembro de la iglesia, que diezmas cada domingo, cantas en el coro, y vas como de costumbre, no vas a tener ningún problema.

Si tú eres un predicador agradable que no se preocupa del hecho de lo malo que hay a tu alrededor, o no hablas sobre la manifestación del poder de Dios, entonces no vas a tener mucho problema en este mundo. Pero cuando tú aceptas la promesa de poder como una promesa personal, y tú comienzas a realizar las obras de Dios, la persecución vendrá. Los problemas parecerán venir de la gente, pero es siempre dirigido por Satanás. Esta persecución vendrá en dos direcciones: ataque directo, o actividades de sabotaje en la misma Iglesia. Esto es, los vas a tener en la Iglesia. Lo más probable es que sean las cabezas de estados religiosos, y cuando tú comiences a cruzar esas barreras de religión convencional, y manifiestes el reino de Dios, ahí es cuando vas a encontrar la oposición viniendo contra tí desde adentro. Fue la gente religiosa quien vino a Sansón en la roca de Etam y lo entregó en las manos del enemigo. Habrá persecución desde adentro. Si tú sigues a Dios y tu caminar va más allá o viene en contra de los asuntos de la comunidad religiosa, entonces vas a estar en problemas con esta comunidad religiosa.

El Señor me llevó a poner una Escuela en Rusia, y cuando llegamos al punto de hacerlos sentir en cinta con la vida de Dios, comenzaron a salir a las comunidades y dar a luz esta vida. Los enfermos eran sanados, los demonios echados fuera, multitudes llenadas con el Espíritu Santo. Luego fue una jerarquía religiosa de ese país que me marcó como el hombre más peligroso en Rusia. Es de adentro. Jesús advirtió a todos los que querían seguir sus pisadas a contar el costo. Sobre Jesús, la Palabra dice, “Si sufrimos, también reinaremos con él” (2 Timoteo 2: 12). Si predicamos en el poder, debemos también seguir el camino del sufrimiento, fidelidad y consagración que nuestro maestro siguió. Si el Hijo de Dios debió sufrir rechazo y persecución en las manos de aquellos a quienes El vino a ministrar, sus discípulos no están exentos de tal sufrimiento. Si Cristo tuvo que rechazar todas las ambiciones terrenales (Mateo 4: 9-10), entonces con seguridad el discípulo, si él va a conocer el poder real, debe tener la mirada fija en el propósito. En Mateo, Satanás se le acercó y le ofreció los reinos de este mundo, si El postrado le adoraba. Van a llegar a tí toda clase de proposiciones de riquezas materiales, toda clase de cosas, pero créelo, habrá un precio para esto, va a ser de una manera u otra. Pero si Jesús, para tener este poder manifiesto fluyendo a través de El tuvo que rechazar esas cosas, entonces tú no eres más que El. Debemos caminar con Dios con la mirada fija en Sus propósitos.

Recuerdo que muchos años atrás, cuando llegué por primera vez a la ciudad de Beaumont y comencé la iglesia, estábamos luchando mucho económicamente. Y un hombre que había venido a la iglesia en ese tiempo era un hombre de medios moderados: no era pobre, y tampoco era el más rico; no le faltaba nada, en cuanto a lo de este mundo se puede tener. El iba a poner un negocio en un centro comercial en una pequeña ciudad a 25 millas de Beaumont, llamada Winnie, Texas. Y vino a mí y dijo “Estoy poniendo una planta de limpieza y una lavandería, y se la quiero dar. No le va a costar nada de dinero. Se pagará por sí sola, y va a asegurarle su futuro. No tendrá problemas ni preocupaciones por su futuro”. Todo sonaba muy maravilloso. Mi esposa y yo hablamos sobre esto, lo pensamos, pero en la noche me desperté, y Dios me habló, “Tú no te vas a meter en esto”. Escuché atentamente, quería saber por qué. El dijo, “vas a estar con la preocupación de si ese negocio hace dinero y tendrás que estar yendo y viniendo para ver como va todo, en lugar de que estés orando y buscando mi voluntad sobre lo que quiero decir a la Iglesia”. “Ninguno que milita se enreda en los negocios de la vida” (2 Timoteo 2: 4). Jesús nunca se enredó. El nunca aceptó los ofrecimientos de los bienes de este mundo. Tenía su mirada fija sólo en una cosa.

Para tener Su poder, el testimonio debe ser el mismo que el de su maestro. “…He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad, como en el rollo del libro está escrito de mí” (Hebreos 10: 7). Entonces, si el maestro tuvo que pasar toda la noche en oración, si El debía levantarse de madrugada para buscar el rostro del Padre, con seguridad que el discípulo no puede hacer menos. “…la necesidad de orar siempre…” (Lucas 18: 1). La oración persistente fue una de las características sobresalientes de nuestro Señor. Cuando Judas fue para entregarlo, él sabía dónde encontrarlo. El sabía que lo podía encontrar en el jardín de oración. La oración es el indicador y la medida de gracia en la vida de un cristiano. Es la oración la que hizo la diferencia en la vida de Cristo como un hombre. No nos referimos a El como Dios. Como Dios El no necesitaba nada; El fue completo, la suma total de todo estaba en sí mismo. Pero como el primogénito de una nueva raza, la cual somos nosotros, la oración fue la clave de todo lo que El hizo. Cuando Jesús se le apareció a Saulo de Tarso en el camino a Damasco, lo dejó ciego y lo llevaron a Damasco donde lo dejaron ahí ciego, esperando más instrucciones. Dios le habló a Ananías, Su siervo ahí, y le indicó que vaya e imponga manos sobre Saulo, que se convirtió en Pablo, para que reciba la vista. Ananías dudó y comenzó a hablar con Dios, y estoy seguro que su conversación fue más larga que la registrada, pero él dijo, “yo sé para qué ha venido ese hombre aquí: él vino aquí específicamente a matarme o encarcelarme”. Pero Dios le contestó con una sola palabra, “He aquí él ora…” (Hechos 9: 11). Esto fue suficiente para Ananías. Mucha gente habla, pero Jesús dijo, “él ora”. Esto fue suficiente. Esto fue una señal que la gracia de Dios estaba funcionando en su vida. La oración para Jesús fue más importante que enseñar o sanar. El se apartaba a lugares desiertos y oraba. La oración fue más importante que hacer milagros, porque los milagros fueron un resultado de Su oración. La oración fue más importante para Jesús que dormir (Marcos 1: 35 y Lucas 6: 12). Entonces el siervo no es más que su señor.

Si pudieres obtener los mismos resultados que tenía Jesús por orar, pero orando menos, y si pudieres obtener los mismos resultados en el ministerio como Jesús, sin pagar el precio que El pagó, entonces tú con toda seguridad serías más que tu maestro. El alumno de Jesús no podría ser mayor que su maestro. El alumno no puede aprender nada que su maestro no sepa. No hay atajos para llegar al poder de Dios. Si quieres tener el poder de Dios en tu vida, entonces vas a tener que orar como Jesús oraba. No puede haber excepciones, y no hay atajos. Si queremos ese poder, pasaremos mucho tiempo en la presencia de Dios. Esos discípulos sabían esto. Ellos estuvieron con El cuando El hizo los milagros. Ellos vieron cuando El resucitaba a los muertos. Ellos estuvieron ahí cuando el ciego Bartimeo recibió la vista.

Ellos estuvieron ahí cuando los demonios salieron del hombre de Gadara. Ellos le vieron caminar sobre las aguas. Ellos estuvieron cuando El tomó de las manos de un niño su almuerzo; lo que ordinariamente hubiera sido suficiente para un niño, lo partió y dio a comer a 5,000 hombres y sus familias. Probablemente hasta 20,000 o 25,000 personas. Ellos presenciaron todo. Sin embargo, cuando estuvieron solos con El, no le preguntaron cómo se multiplican los panes y los peces, cómo se abren los ojos de los ciegos, o cómo se camina sobre las aguas: le preguntaron una cosa: “Señor, enséñanos orar”. Ellos supieron que el secreto de ese poder se encontraba en la vida de oración, y sabían que no eran mayores que El. Si ese mismo ministerio ordenado por Dios realmente fluiría a través de ellos, entonces ellos tendrían que imitar Su vida de oración. Iba a tomar mucho de su tiempo esperando delante de Dios. Isaías, el gran profeta, dijo que parecía que Dios salió y miró a los cielos y las estrellas; cuando contempló la luna, las estrellas y el firmamento, El dijo, “Mi mano hizo todas estas cosas, y así todas estas cosas fueron, dice Jehová; pero miraré a aquel que es pobre y humilde de Espíritu, y que tiembla a mi palabra” (Isaías 66: 2). Este sería el hombre con el cual Dios se uniría a sí mismo. Este que aprendió el valor de la oración. El que supo que no era mayor que su maestro.

Si Jesús tuvo que pasar toda la noche en oración, es seguro que tú y yo vamos a tener que hacer lo mismo. Vamos a salir de esta Escuela para llevar el mismo ministerio que encontramos aquí en el Nuevo Testamento, lo que vimos empezar en el libro de Hechos. En Mateo, Marcos, Lucas y Juan, en los evangelios, vemos el ministerio de Cristo como el ejemplo del ministerio de cada discípulo desde ahí hasta ahora. Vemos de qué se trata todo esto. Debemos llevarlo a cabo nosotros. Vemos que a partir del aposento alto ese ministerio fue exactamente el mismo: sanaron a los enfermos, echaron fuera demonios, limpiaron a los leprosos, y proclamaron el Evangelio de poder. Tú y yo estamos en esta línea de sucesión. Vamos a ir para llevar el mensaje de Dios en poder y demostración del Espíritu Santo. Debemos recordar que no somos más que El.

Necesitamos tomar en cuenta qué es lo que es que causó esos milagros. Es tan fácil para tí y para mí que nos enamoremos del poder y no veamos nada más. Es tan fácil centrarnos sólo en El, cuando ordenaba salir a los demonios del hombre en Gadara, solo ver los tremendos milagros, cómo esos cerdos se lanzaban en el mar, y un hombre que estaba desnudo y endemoniado ahora estaba vestido y sano mentalmente por el poder que venía de Jesús. Pero no sólo debemos ver esto, sino que si vamos a imitar Su ministerio, entonces tenemos que ver lo que originó ese ministerio. Debemos ver de una vez y para siempre que el poder es una posición. Debemos caminar como Jesús caminaba, si queremos obrar como Jesús obró.